lunes, enero 14, 2008

Hefestos

Fuego. Del que se quema entre rojizos y azules. Que hace arder la piel y sudar. Y que grita mientras arde. Fuego que no se quiere consumir, que se aferra a las inevitables cenizas. Que hace perder la noción de espacio, tiempo y lugar. Fuego que se anhela y se teme a partes iguales. Que da y quita como una irónica dualidad. Fuego que se esconde mientras se busca; que provoca entrega al ser encontrado y anhelo al desaparecer. Fuego maldito. Y divino. Y preciado. Más veces recordado que vivido. El fuego sonríe así. Se enciende perezoso, chisporretea con fuerza después, se ralentiza con pausa como si pudiera ser eterno, y se apaga firme pero lentamente. De las ascuas, quizá un nuevo fuego. De las cenizas, vacío y polvo gris. Polvo.
Fuego que no repite llama, que destruye el tronco quemado, que pide más para seguir existiendo. Arrasa, y revive, y muere. Dejando un destello de lo que fue, de su grandeza, de su poder. Y de su luz. De esa calidez que engaña y atrapa. Fuego de la mitología, de la carne, del símbolo. Y también humo. Humo blanco que ya no es naranja ni abrasa. Que anuncia el fin de una gloria. O de una condena. Fuego del que se desprende un bálsamo del alma. Que besa la conciencia como las ramas del sauce inclinado besan al río. Que es vida por ser agua y no es muerte por ser fuego. Las ramas que renacen con agua se aniquilan con fuego. Pero el fuego es néctar. Dulce y fresco su olor. Irresistible su poder. Mágica su esencia. Fuego.

No hay comentarios: