miércoles, febrero 27, 2008

Vergüencitas

Yo desvío. Y tengo vergüencitas. Esas son las conclusiones que sacamos Judith y yo después de una conversación con más carcajadas que palabras. Lucidez pura. Y más blanda que dura también.

Las vergüencitas son como las gotas que caen de un limón. Son ácidas y bonitas. Y se van cuajando con el tiempo. Y así, el resultado llegó claro y conciso: “Que me panso con tanta vergüencita”. Que cada cuál lo entienda como quiera. Que las que inventamos el concepto ya nos entendemos.

Y entonces ahí tienes ese fantástico zumo. De gotas de vergüencitas transparentes y vitamínicas, que, cuando aparecen, se retroalimentan mientras los mofletes se vuelven del color de las cerezas, con sólo un pensamiento. Con sólo una idea. Maravilloso.

Los limones tienen algo que no puedes controlar. Los ves, sabes cuál será el sabor y aún así no puedes evitar que se te arrugue la cara y la sangre cuando le pegas un lametazo. Igual que las vergüencitas, que te provocan y superan sin quererlo.

Y Judith se ríe, de mis vergüencitas. Y yo al pensarlas, no puedo menos que reírme también. Mientras con los dedos me retuerzo las puntas del pelo y me quedo medio ausente en un baño rojo y caliente.


Y así suceden estas cosas, con leyes inversamente proporcionales a lo que –supuestamente- debería ser. Porque dicen que algunos tipos de vergüenza se pierden con la edad. Y así, cada vez hay menos vasos de zumo alineados a lo largo de una mesita de noche de madera con velas blancas que huelen a vainilla. Como si el olor dulce pudiera a la acidez.

Y tú te los miras así, mientras se llenan. Y después de exprimir el limón, casi después de pensar en arrojarlo por la ventana, te sorprendes haciendo un esfuerzo y estrujándolo más, como si esas gotas ácidas pudieran seguir surgiendo de un fruto seco y ya pálido. Y resulta que algunas más logras sacar. Inaudito.

Y las vergüencitas no se reconocen así como así. Antes de que tú las saludes, las ven quienes te conocen. Y cuando te lo dicen, el primer impulso es negarlas –cual Judas- y cubrirlas con un aterciopelado manto de indiferencia. Pero al final, te calan. Te dan un calorcillo que te hincha y empequeñece trasladándote a una especie de regresión infantil adorable.

Son néctar esas vergüencitas. Del más puro, del más delicioso.

Una pena que sean tan y tan breves, tan pasajeras. Que se desvanezcan con facilidad. Es su secreto, que sean incompatibles por naturaleza con el paso de los días. Con esa segura rutina de doble cara. Una grandísima pena no poder sonrojarse más a menudo. Una gran estupidez pensar que hacerlo es inmaduro.

Yo intento disfrutar de mis vergüencitas –cuando tengo la grandísima suerte de tenerlas- de una forma pausada. Pero más que pausada es pasada, porque son tan pocas las gotas que el zumo se acaba pronto y ya sólo queda el recuerdo de un sabor que no sabes cuándo volverás a sentir.

domingo, febrero 24, 2008

Strange times

Ha llegado el final de una etapa y, contra todo pronóstico, he sentido un roce de nostalgia. Aunque también el alivio previsto. La Universidad de Filología de Plaza Universidad ha sido -durante algunos años- mi refugio intelectual y también refugio de otras cosas a las que aún no he puesto nombre.
Recuerdo cuando la pisé por primera vez. Me sentía mayor y orgullosa mientras abrazaba la nueva carpeta. No conocía a nadie y todo era nuevo. La magia de los mundos nuevos en todo su esplendor. El claustro de letras, ése que ya tengo tan visto y pisado, con sus naranjos, su estanque y sus arcos y columnas, me encandiló. Y lo sigue haciendo ahora, cuando después de años, siempre encuentro un momento para sentarme en un banco y contemplarlo. La biblioteca central, llena de cuadros y libros antiquísimos, aumentó mi cariño por las páginas gastadas que contienen mundos en forma de palabras. Y me enseñó también lo que es estar horas con “s” –algo inaudito en mí- frente a páginas y apuntes.

Al principio iba a clase con libretas pulcras y estuches repletos de lápices y pilots de todos los colores. Recuerdo que el primer año hasta pasaba los apuntes a limpio cuando llegaba a casa, con esa ilusión de los principios. Disfrutaba con las clases de literatura, sobre todo con las de Laura Borràs y Dolores Josa, que me hicieron ver a los clásicos españoles con otros ojos. Siguiendo con los buenos momentos, no puedo evitar recordar los jardines, sobre todo el de detrás del edificio antiguo, uno que tiene otro estanque en el que vive un pez enorme que asoma la boca cuando tiras migas de pan. Cristian lo bautizó como Marco Aurelio y aún sigue ahí. En los bancos de esos jardines he leído a Fernando de Rojas, a Lorca, a Jovellanos, a Frey Luis de León, a Larra y a otros muchos. También en esos bancos, bajo lo que llamábamos “el árbol de la discordia” he tenido conversaciones superficiales o profundas con Amparo, Marta... Y también está el bar, cómo no. Bonitas horas echábamos en él jugando al Uno como auténticos posesos, hablando del fin de semana o estudiando para los exámenes.


Sólo estoy recordando lo bueno, porque malo también ha habido; clases soporíferas que había que aguantar estoicamente, suspensos inesperados, ingestión de dulces en cantidades industriales cada vez que venían exámenes y demás situaciones que ahora, hasta me parecen simpáticas. A veces, caminaba por los pasillos en busca del despacho de algún profesor y pensaba que nunca dejaría de estudiar. Una licenciatura es larga, y desde dentro, se ve más larga. Tuve mi crisis en el tercer año, como si de una pareja se tratara. Fueron muchos los momentos en que casi me podía la desmotivación y la pregunta de si me había equivocado de carrera. Pero seguí, fue sólo una temporada. Eran pensamientos que los compañeros amortiguaban por sentirlos contigo. Y cuando el agobio llegaba, tirarnos en la hierba del edificio nuevo o ir al Estudiantil era el remedio perfecto.

La verdad es que podría seguir estudiando literatura toda la vida, seguir sorprendiéndome ante la visión que algunos de los profesores de la casa tienen sobre una novela o sobre la vida de su autor. Algunos. Es cuestión de gustos. Y a mí la literatura me gusta. No así la sintaxis o la gramática generativa y descriptiva, que más de una vez me tuvieron al borde de la histeria.
Fue una buena elección hacer Filología pese a que alguna vez lo dudé. La Universidad no me ha enseñado sólo nuevos conocimientos, ha sido un proceso de crecimiento conjunto, de vivencias a lo largo de los años, de experiencias que de otra manera no hubiese vivido. Y una de las cosas más importantes que me ha enseñado ha sido los frutos y el valor de lo que con constancia se consigue. Suena serio, sobre todo porque son cosas que siempre nos dicen los más mayores y que, sólo al pronunciarlas, suenan ya tan aburridas que yo misma me sorprendo al decirlas en vez de oírlas. Pero vaya, es cierto.


He tenido buenos profesores –Sebastià Serrano, Ana Rodríguez, Jordi Gracia, Federico Larios-, de esos que en el aula son profesionales impecables y que fuera de ella son personas cercanas que saben demostrar su pasión por lo que enseñan y su calidad humana con el alumno. También he tenido malos –que prefiero no nombrar-, y que a su manera, me han hecho valorar más a los buenos, aunque ellos no lo sepan y sigan endiosados en sus particulares tronos. Recuerdos y recuerdos que ahora me vienen a la cabeza, momentos que retendré y también, por encima de casi todo, amistades que seguiré cuidando y con las que podré hablar de “asignaturas malditas”, “profesores extraños” o “exámenes gloriosos”.


El viernes hice cola en Secretaría, la misma que he hecho tantas veces para hacer una ampliación de matrícula o preguntar cualquier cosa. Y esta vez fue diferente, aunque no tanto como creí. Mientras la administrativa me hacía una copia del DNI y me preparaba el título en el que pone que ya soy licenciada, no sentí la emoción que esperaba sentir. Fue todo mucho más natural de lo que esperaba. Más sereno. De hecho, no tuve tentaciones de tirarme al estanque de los peces mutantes que hay en el claustro, tal y como prometíamos que haríamos cuando estábamos en primer curso. Hubo, eso sí, una punzada de satisfacción y orgullo, casi imperceptible.

Ya está pensé una vez firmadas muchas hojas. Ya está, no más exámenes, no más Uni. Y bueno, aunque sentí alivio, también fui consciente del deje de tristeza que da el cerrar una etapa. El saber que no navegarás más por el mismo mar. Que ciertos anhelos, igual que ciertas frustraciones, que ciertas sensaciones y otras muchas cosas se quedarán ahí, entre los bancos de las aulas, las libretas y las clases.
Porque ahora, lo que viene es diferente. Como empezar a escribir el prólogo de una nuevo libro, con nuevos lugares, nuevos personajes y un nuevo tiempo narrativo. Así estoy, que huelo a prólogo toda yo.
Tendrá razón una buena amiga cuando me dice: “Carol, ya nada volverá a ser como antes”. No, seguro que no. Ahora vienen nuevos rumbos. Y pintan bien.

Lugares

Era un poco más tarde de la hora acordada. Cigarro en mano. Sonrisas. Búsqueda de aparcamiento. Botas altas. Naturalidad. Después de una cena con carne más dura de lo que parecía y unas copas amenizadas con el humor melódico y negro de Albert Pla, los asientos de un coche pueden convertirse en un oasis. Reclinando los asientos hacia atrás, en buena postura, puedes ver el mundo desde otra perspectiva. Casi aislarte de él. Sí.

Cuando es de noche, cuando sabes que las personas duermen para levantarse temprano y cumplir con sus obligaciones, todo cambia. Se disfruta de momentos que la gente no pude elegir. Y la atmósfera se queda como en un silencio pactado, consentido. Y casi se puede soñar, además de disfrutar de un tiempo que pasa diferente, con otras leyes, menos estrictas. Y otra luz.


Hablar, callar, pensar, da igual. Una mente nueva y nuevas palabras. Que se acogen con sonrisas, cabeceos, ojos de sorpresa o desconcierto. Sobre todo eso, desconcierto.

Y las horas pasan, en unos asientos, en una calle de una ciudad dentro de un coche. Mientras se oye de lejos una persiana de algún trasnochador, mientras ladeas la cabeza para encontrarte con otros ojos que te observan. Mientras las luces del camión de la basura iluminan la calle.

Caen algunos cigarros, como caen otras cosas. Cosas que ni esperabas que cayesen, ni probablemente quieres que caigan.
Preguntas que no se saben contestar. Porque realmente no se saben. Y en lugar de inventar, los ojos sonríen y los hombros se encogen. Y el no saber casi nada es la mejor de las respuestas.

De cualquier cosa. De cualquier cosa se puede hablar en ese oasis de somnolencia rota por el asombro de gestos que gustan. De trozos de pensamiento que son suficientes para querer más y seguir. Puedes tener a las constelaciones de tu lado y hablar sobre Horus. O puedes ser una hormiga a punto de ser aplastada. Todo puede ser si uno se hace las preguntas adecuadas.

Comodidad inaudita mientras se revuelve en el bolso en busca de una barrita de muesly.
El hambre y otras necesidades apremian. No todas son confesables.

La hora en que la calle se empieza a mover anuncia que el día empieza y que el oasis acaba. Sin prisa. Y los dos asientos miran a quien saca a pasear al perro, a quien va a comprar el pan, a quien madruga para hacer unos largos. Para unos empieza el día y para otros acaba. Siempre es así.

Se puede acariciar el pasado inmediato de esas horas surgidas de una espontaneidad adorable, que nada envidia a los mejores planes. Hay que irse.

Y los asientos, con los cuerpos que los han resguardado de un frío que no existe, vuelven a la postura normal, a esa que te devuelve a lo real. Poder conducir en un silencio que debería ser extraño y no lo es. Y que quizás se vuelve así justo antes de que los ojos que te han acompañado vayan a desaparecer.



Y antes de marchar, un regalo sin palabras. Que te deja sonriendo hasta que te tapas con las mantas y apagas la luz.

sábado, febrero 16, 2008

Tío Pedro

Se llamaba Pedro Gracía Esteban. Era hermano de mi abuela Emiliana y siempre escribió. Sin haber ido al colegio- tal y cómo él recordaba-. Su madre, mi bisabuela, les enseñó a leer y escribir. A todos, que eran 7 hermanos. Hoy sólo quedan dos; mi abuela, que es la pequeña, y tía Andrea, que tiene 93 años y más genio que yo.
Entre las muchas cosas que escribió Tío Pedro, he encontrado una carta que le escribió a mi abuela –su hermana pequeña-, que al casarse con un forastero se marchó a otras tierras de Toledo.
Era caminero y luego llegó a ser capataz, recuerda mi abuela con orgullo. Caminero significa que cuidaba del camino, de las carreteras. En esos caminos vivía en una casa, con huerta y cabras y acogía, si se terciaba, a los señores que quedaban a merced de la noche cuando la rueda de un carro se estropeaba.
Siempre escribió. Murió a los 96 años, de viejo y sin lamentaciones. Los últimos años de su vida quedó ciego, pero siguió escribiendo. Se hacía llamar el chaval campesino.


La carta decía así:

A mis queridos hermanos
les escribo en carta blanca
y le mando mi mensaje
al pueblo de Villafranca.

A mi hermanita menor
la tengo siempre presente
recordando con cariño
los años que lleva ausente.

De aquí te fuiste un día
por ese largo camino
a esas tierras de la Mancha
porque así quiso el destino.

Trabajaste sin descanso
la rosa del azafrán
por el día cosechando
y por la noche mondar.

Esa es la especia más fina
que tiene fama mundial
hasta en la música suena
la rosa del azafrán.

En esa villa tan franca
de caballeros andantes
como lo fue Don Quijote
en los tiempos de Cervantes.

Viste crecer a tus hijos
que con esmero cuidaste
con ayuda de tu esposo
les sacastes adelante.

Tú les diste lo mejor
que pusistes en tu vida
como toda madre buena
que a sus hijos nunca olvida.

Apenas que fueron grandes
todos se fueron errantes
en busca de otro destino
como todo caminante
que busca su cometido.

Como bandos de gorriones
los hijos vuelan, se van
y sólo vienen a verte
si tienes algo que dar.

Hoy por suerte o por desgracia
con alegría o con pena
nos vamos quedando solos
porque así Dios nos lo ordena.

De siete hermanos que fuimos
ya sólo cuatro quedamos
sólo nos queda el recuerdo
de los tres que se marcharon.

Hermanita yo te pido
que estos versos de mi mente
los tengas como recuerdo
hasta que llegue la muerte.

Perdonar si algún renglón
para vosotros no vale
porque yo no soy poeta
y escribo como me sale.

Adiós hermana querida
adiós cuñado prudente
para todos un abrazo
con el cariño de siempre.

Navahermosa, 30 de octubre de 1983

martes, febrero 12, 2008

Libre significante

Quizás los veintisiete años es la edad perfecta para descubrir un don. Eso que, al parecer, guardas en las entrañas, que forma parte de ti sin que sepas el porqué, que lo ejercitas o no, y que se te desvela de la forma más inesperada. Es cono un designio de las estrellas. Un regalo o maldición a partes iguales. Yo he visto el mío. Es redondo y brilla por detrás.

Mi don es hablar en clave, ahí está. Lo dicho, brillando ante mí. Tantos años fraguando una incómoda pero irresistible amistad con las palabras para nada. Porque no se me entiende. Tanto tiempo revolcándome entre conceptos y significados de letras unidas que evocan ideas y pensamientos, y todo para que caigan por un agujerito del saco, que está roto, claro.

Momentos de quietud y concentración delante de una página en blanco, lápiz en mano, o con los dedos laxos ante las teclas del portátil para escoger con cuidado las “parabolas” adecuadas que permitan a una hacerse entender. Viendo volar étimos como mariposas y pensando que alguno había cazado, pero todos siguen libres. Y para nada, porque no se me entiende. Ni se me adivina, yo creo que ni se me huele.

Será una buena espía, qué digo, sería una excelente espía, sí. Porque ni bajo tortura se me entendería. Menuda guasa. Porque yo diría que sí que entiendo cuando los demás hablan. Diría. Es la misma guasa que hace que hoy esté perfectamente cualificada para impartir clases de aquello que odiaba en el instituto. Una especie de guasa cínica y retorcida con algo de encanto.

Pues ni más ni menos, que hablo en clave. Que ese es mi don y lo asumo. Aunque no suponga las supuestas ventajas que trae un don, sino más bien, lo contrario. Aunque me de la risa y se me ponga cara de pez cuando alguien me dice: Carol, aclárate.

Reduzco el entendimiento a la “littera” misma, despojándola de lo oral. Apartándola de modulaciones de voz que puedan confundir, de expresiones incontrolables que puedan manchar el sentido de una verdad. Lo dejo todo en manos de frases insensatas que se colocan a su antojo en los ojos de quienes las leen. Y aún así, yo, sin esfuerzo y sin remedio, hablo en clave.

Al menos, algún día podré defender que la palabra no tiene nada de ciencia exacta. Porque con un leve roce casi no se sabe nada aunque se perciba mucho. Porque se escapa una y otra vez de esas redes con las que pretendemos aprisionarlas.
Y la palabra, muy coqueta, ríe y sonríe. Antes de seguir volando.

Tarde de domingo

Picasso nunca ha sido santo de mi devoción. Aunque ahora le tengo más simpatía. Es por culpa de su colección personal y de unas palabras que él mismo dijo en una entrevista. Habló con soltura de la venta del artista al público. Del bajo precio del asombro y la admiración de lo que no se entiende, simplemente por ser diferente. De los ignorantes aduladores que proporcionan éxito.

La idea de le ocurrió a Judith. Durante unos meses el museo Picasso recoge su colección personal. Contra todo pronóstico lo mejor no fueron las pinturas. Al menos para mí. Me quedo con el sitio que alberga el museo, con los arcos ojivales, la piedra fría marrón y las callejuelas que lo rodean. Y con los músicos que tocan en la entrada. Selva de mar se hacen llamar.

Se dice que el verdadero arte provoca algo. En ese caso yo vi arte, pero no fueron precisamente los de Picasso los que me provocaron, aunque sí algunos cuadros de su colección que tocaban el realismo más absoluto.

La ideología del surrealismo de Picasso es válida, incluso tiene algo de genial el toque cubista, con ángulos que la parte más relativa del cerebro asume como diferentes formas de entender una misma realidad. Pero visualizar esa teoría en el lienzo nunca me ha sido efectivo. Lo más, en todo caso, serían esos colores fuertes y primarios que envuelven con rotundidad la totalidad de lo que se mira. Fuerza quizás, como mucho.

Había bastante gente. Los museos son sitios donde –sin querer- te dispersas y te aíslas en ese silencio que parece erudito y que recorre tanto las mentes sublimes como las ignorantes de los que admiran obras y explicaciones colgadas.

La gente que mira un cuadro, también es un cuadro. Lo son sus caras y sus poses. Sus miradas distraídas o profundas. Esas que pueden ir a buscar algo en concreto y emocionarse o que sólo divagan por formas.

El arte que firman nombres que tienen fuerza en la sociedad te exige algo. Es una especie de deuda. La promesa silenciosa de querer apreciar lo que se debe apreciar. Porque, al parecer, la valía de algo pasa necesariamente por el reconocimiento colectivo.

Bostecé sin reparos ante una habitación entera dedicada a la visión que Picasso tenía sobre Las Meninas. De la misma manera me atonté ante otras pinturas que no eran de él, como la de una muchacha en pose relajada que miraba de frente, con ojos negros y grandes y rostro pálido. La fuerza de una francesa fue lo que Picasso admiró en ese lienzo.

Laura quiso entrar a la tienda. No miento si digo que lo del marketing supera ya cualquiera de mis expectativas. Había hasta mantelitos de plástico con el relieve de alguna obra. Lo encontré cutre. Había algún libro sobre arte en general que valía la pena, eso sí.

El reencuentro de las tres -después de que cada una estuviera en su propio mundo tras el viaje artístico del momento-, tuvo conclusiones unánimes: no mata pero la tarde ha estado bien. Creo que todas nos referimos a pasear por las calles del Gótico, de esa zona de Barcelona tan especial, observar a la gente, hablar de nuestras cosas y escuchar la música de la entrada del Museo, regalo de unos artistas anónimos.

jueves, febrero 07, 2008

Secretos

Por gusto, por obligación o vergüenza. O por cualquier otra cosa. De esos que no anidan en las profundidades de nada. Sólo revolotean superfluamente por nuestra cintura.
Decirlos, dice un poco más sobre cada uno. Callarlos también dice de uno.
Las orejas se inclinan más cuando oímos esa palabra. Y la boca, aunque no sea de callar, calla para recibir con expectación lo que antes de decirse ya promete. Porque es secreto.
Y el secreto es una de las pocas cosas que puede tener suficiente sentido como para callarlo.
No siempre están guardados en forma de fotografía en el último cajón de una cómoda. Ni en un e-mail protegido por carpetas y contraseñas.
Puede que tampoco sean como aquellos tan maravillosos que se escondían en una caja de latón medio oxidada y se enterraban en alguna parte, sin mapa. Ahí estaba la gracia.
No todos los secretos se pueden ocultar. Hay veces que las situaciones los reclaman y exigen y entonces salen gritando, alborotados.
Otras, molestan tanto en eso a lo que llaman conciencia que se cuelan entre las cuerdas vocales, bajito, casi sin querer.
Hay quienes buscan secretos. Hay quien los encuentra sin pedirlos.
Diría que muchas veces los secretos tienen vida propia. Aparecen en forma de deseo o de miedo, o de sueño. Te molestan, te incitan, te divierten, te desconsuelan.
El secreto no deja de serlo cuando se pronuncia, ni cuando se escribe. Todo depende de a qué esté adherido.
A mi no me gusta que me cuenten secretos. Me inquieta. Se me mueven los hombros imperceptiblemente en clara señal de protesta. Pero puedo entender a quienes los cuentan porque, a veces, alivia. Como si así fueran menos importantes.
Los secretos tienen color. Y también sabor. Antes de saberse ofrecen una gama de marrones, más claros, más oscuros….luego pueden volverse negros, o lilas, hasta blancos. El sabor ya es mucho más subjetivo.
Ayer alguien me contó uno. Cunado te dicen que lo es no hay que dudarlo.
Era azul cielo y sabía a fresa.

miércoles, febrero 06, 2008

El no saber mirar de frente no tendría que parecer virtud.
Hoy vuelvo a algunos de los pensamientos que protagonizaron aquel paseo por la Gran Vía. Vuelvo con fuerza, casi con ganas.
Raro no, rarísimo. Como el tiempo que corre por mi mente últimamente.
No es insólito. Al menos no lo ha sido para los demás cuando lo he comentado. Sólo es extraño para mí. Extraño que hoy haya querido más.
No me imagino diciéndotelo. No creerías que soy yo.
Y si te contara este fin de semana, menos.
Pero hoy ha sido así. Por hoy lo ha sido, aunque precisamente hoy no haya ocurrido lo que siempre y sin querer, suele ocurrir.
El problema es la inconstancia de pensamientos. De la atemporalidad que tiene algo que de repente se vuelve intenso. Y lo es, mientras dura.
Hoy me ha durado porque anoche soñé contigo. Nada que ver con lo que tú soñaste. Nada.
Pero te he soñado. Algo serás, me he dicho entonces.
Pero no te puedo decir que te he soñado. Porque mañana puedo soñar con algún pelo sedoso. O con una mirada que cruce con un desconocido mientras conduzco.
Así que no puedo. Por eso de la justicia y demás.
Si supiera que sabes que un sueño no es nada, quizás. Que los mecanismos inconscientes se acogen a imágenes sin que nada sean, puede que lo compartiera, entre risas. Pero me volví precavida, más de lo que quisiera pero menos de lo necesario para tratar con personas. O con mentes.
Jugar. Es demasiado tentador para no hacerlo. Aunque me podría dar por otros juegos.
Y los jugadores esconden. Para intentar ganar. O para perder menos.

La madre de la ciencia

La espera o eso a lo que llaman paciencia están subestimadas. Esperar es mucho más horroroso de lo que suena. Es cansino y molesto, como esa canica que se oye rodar sin descanso en el techo.
Y no se puede hacer nada, sólo seguir esperando. Y estás tan pendiente de esperar que la misma espera te come el tiempo. A bocados.
Los universitarios tenemos un master en paciencia. Esperar coger apuntes, esperar a que el profesor por fin hable de algo que está en el programa, esperar los examenes, esperar las notas, esperar las revisiones, esperar que en fotocopistería tengan el dossier que te interesa, esperar que devuelvan el libro en préstamo que te interesa hojear…y esperar los años que toquen para licenciarse.
Muy molesto esto de esperar, sumamente incómodo. La espera es de esas cosas que cuando llevas haciendo algunos días te tiene tan atrapada que te pesa como si la practicaras hace años, y probablemente es así. Peor que una losa.
De pequeños esperamos a los reyes, luego a crecer, a que nos dejen más tiempo para jugar, a que podamos ver películas prohibidas, a que nos crezcan partes de nuestra anatomía, a poder utilizar cosas de mayores. Esperar, esperar, esperar… es probablemente una de las tareas más fastidiosas e inevitables que existen.
Estoy sacando una conclusión; es mucho más fructífero esperar muchas cosas que sólo una. Porque entre muchas, alguna que otra va llegando y te consuela. Ínfimamente, puede que con mediocridad, pero te va conformando. En cambio, si esperas sólo una, el agotamiento te cubre por centrarse y concentrarse. Como en esos dibujos animados en que ves a un personaje que tiene una nube encima, y vaya donde vaya y haga lo que haga, siempre está lleva la nube con él.
Desesperante. Pero a ver qué haces. Nada. No se puede.
Nada que esté permitido, claro.

martes, febrero 05, 2008

Dejes

Con suerte notas la diferencia. Coges una naranja con la mano y la haces saltar en ella. Ves su color, su firmeza. Incluso la hueles, y huele. Luego te la comes. Y el sabor que esperabas no es tal. Eso, si tienes suerte. Si has podido comparar.
Naranjas que ya poco tienen de naranjas. Por no hablar directamente de los sucedáneos. Eso que es algo sin serlo. Con casi todo va pasando lo mismo.
No es que se pierda la esencia, eso es demasiado poético para decir que algo no es, simplemente, como debería ser. O como era en su origen, cuando tenía un fin.
Ahora los fines se pierden de vista. Y cada vez se echa menos de menos aquello que fue. Podemos oler a hierba fresca en cualquier habitación de un ático en plena ciudad. Podemos. Aunque no haya hierba, aunque no esté fresca.
Quizás lo más importante no sea el poder prescindir de algo e igualmente sentirlo, sino hasta qué punto es decisivo ahondar en el sentido de las cosas.
Un beso. Puede ser que no sea imprescindible para describirlo ir más allá de dos labios que se tocan por voluntad. De lenguas cosquilleantes que invaden un nuevo terreno. Sin que se necesite nada más. Siendo suficiente el simple contacto. Ya está. Puede que se trate de la simplificación de las cosas y no necesariamente de sustitución. Pero hay un deje nostalgia.
Lo hay cuando se intenta contener el olor del mar en un spray. Aunque cierres los ojos. Aunque el olfato y la imaginación se mezclen para creer que lo tienes delante. Lo hay en ese caldo “casero” que mientras calientas avanzas que sabe a trocitos de gallina y verduras cortados con cuidado. Porque así lo queremos creer, incluso así nos conviene creerlo.
Todo está en la mente, eso dijeron grandes filósofos, los grandes eruditos… y ahora lo dicen los estudiosos de la mente.
Pero no todo está en la mente. El olor de una flor no está en la mente, ni en la imitación perfecta de una margarita de plástico. Hay algo en el cuerpo, en los sentidos, que te avisa de las tretas inteligentes que se tejen con un hilo invisible en nuestro entorno. Y no es algo despreciable, no es algo que se pueda ignorar. O que se deba, aunque el imperativo sea odioso.
No es en vano –ni es casualidad-, la búsqueda inconsciente de los que empiezan a levantar la mano para despedirse de la vida. Sólo hay que preguntarles sobre lo que recuerdan de ella.
Ahí están la mayoría de las respuestas. Y éstas suelen pasar por las sensaciones y por el cuerpo más que por los pensamientos y la mente.

domingo, febrero 03, 2008

Como en un sueño. Igual. Pero diferente. Como sin ninguna vergüenza. Igual. Pero con consentimiento. Puedo ver de todo. Puedo ser de todo… eso le gusta pensar a la gente, no es un mal pensamiento. Y por unos días cabe lo que no siempre cabe.
El jueves asistí a un festival. Un festival de esos de colegio que rescata de la mente momentos demasiado lejanos para tener presentes. Esta vez lo viví diferente. Meter a mi primo en un disfraz de Spiderman de una única pieza fue una ardua tarea para la que, todo sea dicho, no tengo un especial don. Le sobraban manos y le faltaban pies. Así de simple. Vestirlo entre princesas, heidis, piratas y osos gritando ya se parecía más a estar en medio de un lejano cuento con personajes mezclados. El festival…cuanto menos, festival sí que fue.
Ayer por la mañana, paseando por las callejuelas de Sitges no me he podido sorprender al ver un hado vestido de azul, con una varita que promete lo que no hará. El cerebro es capaz de prepararse para lo que vendrá, así, sin previo aviso. Si giraba la vista podía ver a un indio, guapo, hablando por el móvil. Una pena, las señales de humo eran muy románticas. Como entre fantasía, oyendo bombos que cada vez se acercaban más, yo era la intrusa. Mi chaqueta común de Zara, mi cara lavada y mis gafas de sol, delataban una normalidad inusual. Si es que eso puede existir. Y sí, existe.
El mar estaba tranquilo, pero triste, como el cielo que se junta con él. Como si los ruidos, la alegría y los colores no fueran con él. Será que el mar no se puede disfrazar. Será eso.
Entre pelucas vi a alguien. Caminaba lento, sonriente, con unas gafas de sol que sonreían a las mías en complicidad del poco descanso nocturno. Llevaba un gorro de lana negra y unos pelos, lacios y blancos, asomaban por su cuello. Camisa negra, pantalón negro y botas negras, amén de una larga chaqueta del mismo color. Era un punto negro entre el color, como si quisiera teñir de siniestro el sabor a fiesta que se colaba en tiendas, balcones y miradas. Pero él sonreía, con dientes que no eran negros. Con él me quedo. Como me quedo con la lejana alegría de la gente. La que pasa por pintar su presencia de ilusiones que delatan con alevosía lo que uno siente o piensa. Lo que uno quiere o es.
Pero no me atrapó la magia del carnaval. Ni siquiera me atraparon las posibles opciones con las que vestir mi cuerpo, adornar mi cara o modular mi voz. Puede que el año que viene sea diferente, que la opción de ataviarme con ropa de alguien que no sea yo se me antoje divertido y especial. Hasta entonces, disfruto del carnaval, pero en los demás.
Por la noche, la noche de carnestoltes en la ciudad… eso ya fue otra historia en la que, probablemente sin saberlo y sin disfraz, representé un papel. Por solidarizarme.