domingo, abril 27, 2008


La brisa y el olor a mar me dan un respiro. Tan largo y esperado que sólo cabe el silencio. Pasear pisando esa arena mojada y rugosa que dibuja un recuerdo fugaz borrado por espuma. Oler a bronceador y ver cuerpos blancuzcos.

Olvidarse del reloj. Tan necesario como expirar.

Poder observar cientos de verdes diferentes en montañas. Y, entonces, inspirar.

Luego, más prisas a las que renuncio. Con dificultad. Exigiéndome ralentizar mi presencia.

Y, mientras tanto, ese pensamiento. A veces más suave, a veces más fuerte.

Y voy pensando que en el trasfondo, sólo hago una cosa. Traicionar una esperanza inconfesada.

Una y otra vez, sin aparente remedio.

La esperanza no es elegida. La traición de ésta puede que sí. Porque una y otra vez la miro y acepto su provocación.

Más suave, como un viejo olor que se inhala de repente con la normalidad del recuerdo. Y que desaparece sin más, dejándolo escapar.

Más fuerte. Con el deje del mismo olor pero sin ser pasajero. Que se queda ahí, bajo los orificios nasales y se intensifica tanto que te ahoga; nublando los sentidos, incrustándose en la piel, confundiendo a la razón.

Ni uno ni otro sentido es fiable. Va y viene como van y vienen otras tantas cosas, pero en tanto vienen y van se normalizan dejando un poso que dibuja formas caprichosas.

Y ante eso, sólo queda la sonrisa. La que sale de dentro.

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