viernes, octubre 12, 2007


Siempre pensó que estaría ahí, que de un modo u otro la soledad absoluta no llegaría. Percibía un vínculo demasiado fuerte, demasiado largo, demasiado irregular, demasiado sólido. Se había ganado la batalla a la necesidad, a las explicaciones, a las normalidades y todo había seguido. No quedaba nada que superar y llegó la certeza de que siempre estaría ahí, siempre. Acabó siendo como un cojín lleno de retales complicados, bien apoyado en el corazón. No sabía cómo lo que entra en el corazón puede salir y no sabía quién lo decidía. Ella no fue, aunque de nada le sirvió decirlo. Son muy pocas cosas las que se eligen, aunque fuera una explicación poco creíble. Los huecos dejan vacíos, y los vacíos escuecen, aunque él no la creyese. No duele especialmente, pero enrarece. Ella mintió últimamente, disfrazó la realidad con etapas que no pasaban, hasta que la etapa fue un disfraz.
Palabras que, callando, hablan. Palabras que, hablando, mienten. Daño que no tiene culpables. Tiempo que hace su efecto. Hechos que tienen consecuencias. Inevitable, fue inevitable, aunque él no la creyese. Pena, como siempre, de la ausencia de lo constante. Alivio, como siempre, del cambio incesante. No se elige –le dijo-, aunque él no la creyese. Ahora, su cojín era no creerla y, como últimamente, ella calló.
Esta vez aprendió de la pasividad para dar cabida al dolor más intenso de él. Aprendió que la fortaleza puede estar en el silencio, que la verdad puede esconderse en la aceptación, sin más, de lo que ocurre, aunque no guste, aunque no se elija. Pero él no la creyó. El cojín volvió a su sitio, desnudo de tela, vacío de plumas, pero con un nombre y unos momentos. Nada, ni el hablar ni el callar servían porque él ya no la creía. El vacío no es indiferencia, aunque sea el principio de ella. Pero ya no la creía, es lo que debe tener el dolor.

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