martes, octubre 23, 2007

Soñando con montañas


Es viernes y, como cada día, tengo que ir a trabajar. La semana se me ha hecho larga porque me tocó también trabajar el fin de semana. Es chocante y creo que no demasiado bueno para la salud, levantarse un domingo y saber que hay que trabajar. Va casi contra natura el no poder bostezar cual león y desperezarse a gusto sabiendo que tienes todo el día para decidir qué te apetece hacer, incluyendo el no hacer nada. Pues eso, que es viernes, y antes de ir a trabajar tengo que pasar por la fiesta de cumpleaños de mi avispado primito. Es en un chiki-park, uno de esos inventos triunfadores que tienen que ver con mantener distraídos a los niños sin que haya un televisor u ordenador de por medio, un “descansa-padres” sano, porque al fin y al cabo los chiquillos juegan y se relacionan con seres reales, que eso, nunca está de más. Encontrar aparcamiento está siendo difícil, así que voy en busca de un parking. No me puedo creer que los dos parkings más cercanos estén “completos”; no puedo aparcar ni pagando, que es grave. Bueno, supongo que encontraré aparcamiento, aún queda tiempo, que hoy he salido de casa casi a la hora que tenía prevista. Me enciendo un cigarro y subo el volumen de la radio, está sonando “Relax”, de Mica, muy apropiada y además buena canción, así que subo los decibelios para no oírme y la canto a pleno pulmón. Unos cuantos minutos después veo luces blancas en la parte trasera de un coche que me indican marcha atrás, detengo el mío en paralelo, bajo la ventanilla y grito: ¿Te vas?, la buena señora me hace un gesto afirmativo con la cabeza mientras intenta girar el volante que, en honor a la verdad, parece ser más grande que toda ella. Ha debido pensar que estoy loca porque de la satisfacción que sentía al saber q1ue no tenía que dar más vueltas, le he ofrecido una panorámica impagable de toda mi dentadura.

El coche ya está aparcado, voy a sacar el ticket. Hecho. El chiki-park no puede estar muy lejos según las indicaciones que me dieron. Justo al encontrarlo y abrir la puerta me doy cuenta de que me he dejado el regalo en el maletero, típico en mi, aún gracias que no lo he olvidado en casa. Vuelvo al coche mientras pienso que tengo ya ganas de que sea mañana para salir a cenar, bailar y desconectar. Regalo en mano, accedo de nuevo a ese negocio estrella y, os lo aseguro, una avalancha se apodera de mi persona. Casi todos me llegan por la cintura y corren despavoridos hacia algún lugar que debe ser el paraíso a juzgar por los gritos de júbilo y los empujones que se dan para llegar primero. Debe ser duro ser niño en esas circunstancias, supongo que imperará la ley del más rápido, fuerte e inteligente, alguna similitud con el mundo que les espera tenía que haber. Me recompongo del susto y sigo avanzando por el pasillo. Ahí está el paraíso; una especie de jaulas enormes de diferentes colores, llenas de pelotas pequeñas en las que sumergirse, colchonetas elásticas, tubos imposibles por donde se tiran (y no sé porqué diantre no se quedan atascados) y demás cosas extrañas que no me molesto en averiguar. ¿Mi adorado primo? –Ni idea-, es probable que incluso fuera uno de los que me pisó el pie en la angustiosa experiencia “avalánchica”. Al final de todo veo gente de mi estatura, así que, por cuestiones lógicas y porque no me apetece quitarme los zapatos y ponerme a saltar y a gritar, me dirijo hacia ellos. Ahí están los padres y madres de las dulces y sosegadas criaturas. La madre de mi primo me localiza antes que yo a ella, está muy claro que estoy fuera de mi elemento. Tras preguntarle cómo podía encontrar al homenajeado, me encontré buscando dentro de las jaulas a un niño con chaleco azul. Al parecer, la experiencia de los que ahí trabajan hizo que decidieran poner chalecos de diferentes colores a todos los niños de un mismo grupo. A mi primo y sus compinches les tocó azul oscuro. Cuando lo encontré no pude menos que sonreír; estaba sudado como un pollo, con una cara de absoluta felicidad y una hiperactividad que daba miedo. Se lanzó a la bolsa que colgaba de mi mano y me dio un beso rápido, por cortesía. Mientras desenvolvía el regalo con gritos propios de un tenor afónico, aproveché para tirarle cuatro veces de las orejas, cosa que le hizo mirarme cómo si hubiese perdido la chaveta. Después de explicarle que los estirones correspondían a los años que cumplía, me miró muy serio y me dijo que él no podría pasarse media hora tirándome de las orejas cuando fuera mi cumpleaños. Adorable. El niño llegará lejos si ya le da tanta importancia al tiempo. Cuando vio el regalo soltó otro grito de satisfacción (quizá pueda ser soprano) y me dio otro beso –esta vez espontáneo-, que compensó las horas pasadas en el Corte Inglés en busca de algo que no tuviera. Volvió a dirigirse a mí con semblante serio –indicando que lo que iba a decir era importante-, y me dio instrucciones de que se lo diese a su madre para que lo guardara, tras lo cual salió disparado a jugar con los demás angelitos que por allí revoloteaban.

Me fui a unir, definitivamente, con el grupo de adultos que, sabiamente o no, disfrutaban de conversaciones quizás menos sinceras pero más apacibles. Alguien a quien hacía pocos minutos había visto sonar los mocos a su hija y decirle que no comiera demasiadas chucherías porque por la noche tenía que cenar verdura, bromeó conmigo acerca de un chiki-park para adultos, con actividades igual de “divertidas” pero sin niños. Menuda pieza de tío. Aún no predominan en mi círculo social los hombres casados con hijos, pero debo ir preparándome a conciencia para cuando eso suceda porque la cosa promete más de un sobresalto moral por mi parte. Ya era tarde, tenía que ir al trabajo y, además, encontrar aparcamiento. Miedo me da contar los minutos que llegaré a emplear a lo largo de mi vida buscando aparcamiento en la cuidad, así que mejor no los cuento. Besos a muchos adultos hasta atravesar la puerta que me devolvía a la calle, un lugar que me pareció predecible y tranquilo en comparación de dónde salía. Había entrado con un regalo y salí con otro; una bolsa de conguitos, la equivalente a la de chucherías de antaño que repartíamos en clase cuando era nuestro cumple. De nuevo en el coche, que tengo que pensar en bautizar de alguna manera porque es mi tercera casa, sí, tercera. La explicación de la que es mi segunda casa daría lugar a un libro. Voy ya al trabajo y pese al cansancio arrastrado no puedo evitar estar de cierto buen humor porque empieza el fin de semana.

Otra vez a la jungla del asfalto, como decía un anuncio. Encuentro aparcamiento con relativa facilidad, lo de “relativa” abarca unos 15 minutos de búsqueda. Llego un poco tarde, pero llego. Subo en ascensor hasta la quinta planta. Agradezco sobremanera a quien tuvo el acierto de poner espejos en los elevadores porque os aseguro que es gracias a ellos el que cuando la gente entra a trabajar, ofrezca un aspecto más o menos decente, sobre todo, las que llevamos el pelo largo y venimos de conducir con la ventanilla abierta. Ya estoy repartiendo “holas” y me siento. Me gusta el ambiente y la gente, además, hoy tengo ordenador disponible a la primera. El universo tiene un equilibrio que escapa a mi alcance. Los minutos que me robó buscando aparcamiento, me los da ahora ofreciéndome desde el principio de mi jornada un ordenador con libro de estilo virtual.

Cuatro horas después de no haber levantado la vista de la pantalla del ordenador y de una incesante lluvia de artículos, lo veo claro, quiero ser cabrera. Sí, cabrera de las que cuidan cabras, de las que llevan a pastar a los verdes campos a un montón de cabras y se pueden estirar a adivinar la forma de las nubes, a oír cantar a los pájaros y a deleitarse con las montañas bañadas en sol. Sí, cabrera, de esas que saben oler el aire de lluvia, que toman leche fresca recién ordeñada, que conocen los nombres de los pájaros por su canto y diferencias los tipos de árboles. Cabrera, de esas que ven al gavilán sobrevolar las montañas en una soledad envidiada, en un espacio libre que queda lejos de atascos y sonidos de fax. Cabrera, de esas que disfrutan cada día del orden que da el silencio y la naturaleza. Cabrera, de esas que lo último que ven antes de irse a casa son las imponentes montañas cubiertas de una manta amarillenta que es la puesta de sol. Pero, de momento, no soy cabrera, así que recojo mis cosas, me despido de los que tampoco son cabreros y me lanzo de nuevo a la calle en busca de mi tercera casa para, después de unas copas (aún no he decidido ni cuántas ni de qué) volver a mi primera casa, esa que tiene una almohada confortable y sábanas mejores que las de cualquier cabrera pero con olor artificial.

1 comentario:

Potty dijo...

Muy buenas!!ei, me he leido tu blog porque vi lo del chiki park para adultos. He estado buscando por internet un sitio así y nada de nada. ¿tu sabes si existen realmente? ¿Y donde hay uno?
Escriveme potty_88@hotmail.com

Muchas Gracias