lunes, agosto 27, 2007

Urbes...


Siendo consciente de que no soy ninguna excepción, adoro las vacaciones. Disfruto enormemente de la sensación que me da el disponer de tiempo para mí con mínimas obligaciones, lo que me hace vanagloriarme descubriendo que no soy adicta ni al trabajo ni a las responsabilidades. Es extraño, intenso y agradable no verse sujeta a un reloj, a las calles de Barcelona, a las comidas rápidas, a las cosas por hacer, a preguntarse quién decidió que el día tiene 24 horas…te trasladas a otra vida y si tienes suerte, tu mente también. Aprovechas para pasear a un ritmo que no te marca nadie, a comer con tranquilidad, a releer páginas que un día te llamaron la atención, a sonreír con placer ante la perspectiva de un buen siestón y si además tu escogido destino carece de tecnología punta ya es el colofón. He tenido suerte, mi reciente servidor de telefonía móvil, pensando siempre en el cliente, que, por supuesto, es su prioridad, decidió que no pensaba dar cobertura a todo el país; sabía de sus usuarios estresados y en un arranque de bondad escogieron unos cuantos puntos del mapa en los que la comunicación debía ser como antaño: física y directa. Un día de estos llamaré para darles las gracias porque fue una sensación liberadora. ¿y qué me decís de las comidas típicas de cada rincón? Son asequibles también en la gran ciudad pero parece que las descubres sólo cuando estás allí y en un intento de proteger sensaciones difícilmente las vuelves a comer hasta que vuelves. La vida, la gente, el ritmo, la percepción de los momentos es tan diferente que es como si de repente descubrieses que hay más formas de vivir la vida y no hace falta recorrer dos mil kilómetros para darse cuenta. Me decían que se notaba que era de ciudad, y os aseguro que había aparcado los tacones, el maquillaje y las camisetas insinuantes…creo que lo deducían por mi cara de alegría e ignorancia cada vez que me alelaba mirando los anchos campos, acariciando una vaca o lavándome la cara en todos los ríos que encontraba. Siempre he sabido de la importancia de la sencillez, pero aquí ese gran don es la excepción mientras que allí es común. Lo dicho…estas vacaciones me han ratificado ese pensamiento que pasa a veces por mi mente, unas ganas importantes de comprarme cuatro cabras, un trozo de tierra y despedirme de la urbe, sobre todo cuando salgo de casa sin recordar peinarme por la prisa que tengo, o cuando estoy en medio de un atasco, o cuando quedo en Plaza Catalunya y se me acaba la batería del móvil, o cuando en un ascensor puedo jugar a cuántos días hace que el de delante no se ducha…la cuidad tiene su encanto, pero los pueblos, la naturaleza y la tranquilidad le hacen sombra hasta en la imaginación.

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