lunes, septiembre 10, 2007

Aurelio

Abrió la puerta de la casa, era temprano y aún se notaba el rocío de la mañana. Regó las plantas como cada día, le gustaba hacerlo. Cuando su marido vivía bromeaba diciéndole que cuidaba más a las plantas que a él. Le echaba de menos, habían pasado ocho años y aún notaba su falta como el primer día. Aceptó su muerte con serenidad, como lo aceptaba todo, pero una gran pena caló aquél día en su corazón y ya nunca desapareció. Había sido un buen hombre, familiar y respetuoso y aunque el tiempo y la costumbre mató el enamoramiento tenían un pacto de complicidad y confianza que la había hecho feliz. Sus hijos se preocupaban por ella, venían a verla casi cada fin de semana y la llamaban por teléfono para ver cómo se encontraba. No era lo mismo, siempre pensó que no podría vivir sin sus hijos, y ahora se encontraba pensando que le costaba vivir sin su marido. Toda una vida, una buena vida, se decía a sí misma. Iniciaron su noviazgo cuando ella contaba con dieciséis años; cada tarde salía a la puerta del hogar a coser junto a sus hermanas y él pasaba por allí camino de la huerta donde trabajaba. Al principio no le prestaba mucha atención, era uno más de los tantos mozos que trabajaban en el campo, moreno y delgaducho, con andares ágiles. Poco a poco fue fijándose en él, en su mirada, en sus blancos dientes y casi sin quererlo se encontraba cada tarde esperando su saludo. En esa vida sencilla y apacible, su saludo constituía un aliciente que le animaba el corazón. Los días hicieron que Gloria se pellizcara las mejillas antes de salir a la puerta y que usara, con un coqueteo desconocido en ella, un poco de esencia de romero que su madre guardaba en el cajón de la cómoda…cuando se acercaba la hora de que él pasara se le aceleraba el corazón y se le encendía un brillo en los ojos que pronto fue advertido por sus hermanas, que reían tontamente bajo el bochorno de Gloria. Estalló la guerra y Gloria fue mandada, junto con una de sus hermanas a Jaén, al cuidado de una tía. Fueron tiempos difíciles, le partió el corazón despedirse de sus tres hermanos, dos de los cuales no volvió a ver jamás y el abrazo que le dio su madre antes de partir le encogió el alma. Allí en Jaén la vida parecía correr a otro ritmo, quizás era el calor que lo ralentizaba todo, quizás el carácter de las gentes, y Gloria quería volver a su hogar. Lícito es decir que se acordaba de su campesino, así lo llamaba ella… imaginaba que lo habían mandado a un batallón en el que sabría defenderse y rezaba para que la guerra pasara pronto y pudiera volver a vivir esas tardes plácidas, cosiendo junto a sus hermanas, horneando pan y ayudando a su madre en la cocina volviendo a ver esos ojos con los que soñaba a menudo. Sabía que se llamaba Aurelio, que era hijo del panadero del pueblo, pero que nunca le gustó el oficio y prefería trabajar el campo con su tío. La guerra seguía y pronto llegaron noticias; uno de sus hermanos había muerto en el batallón y su madre, al recibir la nueva había caído gravemente enferma, pedían que la hermana mayor, que estaba con ella en Jaén fuese a cuidarla. Gloria deseó haber sido la mayor, volver a su casa, cuidar a su madre, consolarla, pero no pudo ser. Sintiendo una soledad desconocida para ella, se despidió de su hermana dándole una flor de azahar seca como regalo para su madre. Su hermana prometió escribirla todos los días. La tía de Gloria era una mujer práctica, resulta, había quedado viuda a los pocos años de casada y las necesidades habían hecho que supiera apartar el dolor y la tristeza y viendo a su sobrina cada vez más mustia decidió aliviarla con suficiente cansancio como para que al caer su cabeza en la almohada no tuviese tiempo para pensar. Conocedora de la educación de Gloria decidió correr la voz de que era maestra y muy pronto las madres de los pueblos cercanos empezaron a traer a sus pequeñuelos a casa de la tía Herminia. Gloria se sintió agradecida, su tía habilitó una de las habitaciones de la planta baja con sillas y troncos que hacían de mesa. Era un grupo unos quince niños, la mayoría ya habían perdido a su padre o tenían hermanos fallecidos en el primer año de guerra. Gloria les compadecía, miraba una inocencia perdida antes de tiempo, un dolor impropio de esos tempranos años. Hacían juegos con las letras y los números, contaban adivinanzas y les explicaba bonitos cuentos. Al final de las lecciones todos juntos rezaban varias oraciones encomendando el alma y la valentía de quienes luchaban en la guerra, eran muchos los días en que se hacían menciones especiales de padres, hermanos o primos. Se encariñó especialmente con Blanca, Blanquita la llamaban, una niña de siete años huérfana de padre y casi también de madre porque ésta al saber la noticia de su marido había quedado como ida. La niña llegaba siempre descuidada y un poco sucia, a Gloria le parecía que tenía los ojos cada vez más grandes. Era rubia, de pelo laceo y ojos que algún día debieron rebosar alegría. Hablaba poco y cuando lo hacía apenas movía los labios. A Gloria le costó su tiempo que se abriera, que fuera capaz de sonreír con una bonita historia o que se dejara hacer unas trenzas. Cuando podía, antes de que su madre viniera a buscarla, Gloria le ofrecía un poco de pan con chocolate, un lujo escaso de la época, que su tía conseguía mediante el cura del pueblo, con quien tenía buenas relaciones.
Los niños y las clases constituían para Gloria un bálsamo; la rutina de las lecciones y los problemas diarios de estirones de coleta y palabras malsonantes hacían de esa habitación un mundo paralelo a lo que se vivía fuera. El tiempo fue pasando, llegaban noticias de su casa, parecía que su madre estaba un poco mejor, pero aún no se levantaba de la cama, en consecuencia su hermana debía seguir allí. La echaba de menos, no se llevaba mal con su tía, pero tampoco la notaba lo suficiente cercana como para confesarle sus temores o anhelos.
Con la llegada de un nuevo invierno Gloria se dio cuenta de que no era infeliz; los desastres de la guerra seguían, la falta de sus hermanas y su madre era grande, pero se había acostumbrado a levantarse con una sonrisa y a dormirse de puro cansancio en cuanto se recostaba en la cama. Fue por ese entonces cuando encontraron muerta a la madre de Blanquita, decían que unos forasteros la habían encontrado al pie de un castaño, medio desnuda. Nunca supieron qué le había pasado. Gloria recordaba aquél día como si fuera ayer; nada más saber la noticia corrió a la casa de Blanquita, la encontró junto al fuego, callada, mirando las llamas. No le dijo nada, la subió a cuestas y la llevó a casa de su tía, la metió en su cama y le subió un caldo que ésta tomó sin rechistar. Por la tarde habló con su tía, no quería que llevaran a Blanquita al orfanato del pueblo de al lado, quería cuidarla. Su tía puso el grito en el cielo, la tachó de sentimental alegando que no podría hacer eso con todos los niños huérfanos del pueblo, que era ley de vida, que había que ser fuerte y enfrentarse a los problemas. Gloria la escuchaba, pero ninguna de aquellas palabras consiguió que cambiara la idea de coger bajo su cuidado a Blanquita y así se lo hizo saber a su tía, quién finalmente acabó aceptándolo añadiendo que la niña tendría que trabajar, que ya casi tenía ocho años y que el pan no caía por la chimenea. Gloria subió al cuarto y le dijo a Blanquita que a partir de entonces serían amigas, que vivirían y dormirían juntas, que su madre se había marchado porque estaba enferma y que no tenía nada que temer. Aún recordaba esa noche con gran cariño porque cuando despertó vio que el cuerpo de la muchacha estaba enredado al suyo, como aferrándose.
Fue en los inicios de la primavera cuando recibió carta de su hermana anunciándole la muerte de su padre y su madre. Al parecer su padre había fallecido en uno de los trayectos hacia una campiña y su madre no pudo soportar la noticia. Gloria lloró, lloró por la pérdida, por la guerra, por el hambre, por los ratos no vividos junto a los suyos, por estar lejos y no poder ir al entierro, lloró por su vida, una vida que no había podido elegir. Su hermana le pedía que volviera a casa; de los dos hermanos que quedaban, uno seguía en la guerra, pero el otro, gravemente herido, había vuelto a casa y necesitaba cuidados. Habló con su tía, ésta prometió arreglar las cosas para que pudiese hacer un viaje seguro lo antes posible. Gloria partió hacia su casa en Septiembre, le apenó despedirse de los niños, incluso de su tía, pero llevaba con ella el recuerdo más hermoso de esa época; aferrada a su mano estaba la mano de Blanquita, a quién se quiso llevar desde el primer momento.
El viaje en tren fue largo y triste, los vagones estaban repletos de mujeres vestidas de luto que a ratos lloraban por la muerte de familiares y a ratos dormían. Eran tiempos grises, de calamidades, de tristezas, de angustias.
A Gloria se le encogió el corazón nada más pisar su pueblo; las huertas, en otro tiempo espléndidas, estaban ahora llenas de matojos, las casas, que ella recordaba limpias y llenas de flores, estaban como gastadas, más viejas y algunas derruidas. Se respiraba un ambiente funesto. Atravesó la puerta de casa, una casa a la que le faltaban muebles, paños, olor de comida… su hermana estaba sentada a los pies de la cama donde yacía su hermano. Se abrazaron fuertemente, la vio cambiada, más mayor, más cansada. Su hermano no estaba bien, mantenía apenas los ojos abiertos y torcía la boca en una mueca de dolor. Ninguno se había fijado en esa niña que estaba recostada en el umbral de la puerta, Gloria la sacó de la habitación e hizo un gesto a su hermana para que la siguiera. Sentadas en la cocina le explicó la situación. Su hermana Rosalía entendió todo pero le hizo saber que la comida escaseaba y que su hermano necesitaba medicinas que a veces, costaban más que la comida. Gloria se hizo cargo y asumió su responsabilidad con Blanquita. Al día siguiente salió a buscar un trabajo que ya de por sí escaseaba, no por no haberlo, sino por no poder ser pagado. Llegó a casa cuando el sol estaba alto, su hermana le dio unas cestas que debía cambiar por pan. Gloria cogió a Blanquita y salió a la calle, no sabía dónde debía comprar el pan, suponía que la antigua panadería ya no existía pero aún así se dirigió hacia ella. La puerta estaba cerrada y llamó a voces, una señora de mediana edad le abrió la puerta, la reconoció enseguida y al ver las cestas fue a buscar el pan. Tenía la señora muchas ganas de hablar y la hizo sentarse ofreciéndole un vaso de agua. Gloria escuchó pacientemente las desgracias de la mujer, que eran demasiado parecidas a las suyas. Alguien apareció por la puerta sujeto de dos largos palos que hacían las veces de muletas. Tenía barba y estaba más delgado de lo que recordaba, pero los ojos estaban igual. Gloria se extrañó al sonrojarse, era una sensación que había olvidado. Aurelio se quedó quieto, junto al quicio de la puerta, sin moverse, sin hablar, mirándola. La buena señora le acercó una silla y como si nada hubiese pasado siguió contando sus penas. Gloria no escuchaba a la señora, asentía con la cabeza, decía alguna palabra de consuelo pero no la escuchaba, sabía sin verlo, que esos ojos seguían posados en ella y sintió deseos de marcharse. Poco después así lo hizo, agarró la mano de Blanquita y desapareció por la puerta. Tal fue su azoramiento de lo que en aquella casa había sucedido que al entrar a su casa se dio cuenta de que había olvidado el pan, le dijo a Blanquita que le dijera a su hermana que enseguida volvía y echó a correr calle abajo. Antes de alcanzar el camino a la panadería le vio, venía cojeando, apoyándose en un único palo, y en la otra mano llevaba la hogaza de pan. Se paró enfrente de él mirándole, él le tendió la hogaza de pan, ella bajó los ojos, cogió el pan, se dio la vuelta y volvió a su casa. Aquella noche durmió mal, la perseguían dos ojos demasiado grandes, demasiado ansiosos.
Hacía ya tres semanas que había vuelto y no encontraba trabajo, las cosas seguían marchando mal, su hermano necesitaba unas medicinas muy caras que traía una mujer del pueblo vecino y además Blanquita, con nueve años, tenía un gran apetito. Su hermana no le decía nada, pero veía la preocupación en sus ojos. Gloria no sabía que hacer, pensó en escribir alguna carta por si necesitaban maestras en alguna región cercana, pero la idea de volver a partir de la casa se le hacía imposible. Fue hasta el cementerio, desde que había llegado no había reunido valor para ir a visitar la tumba de su madre; por el camino cogió unas campanillas blancas. El cementerio era una ruina, ya no se veían lápidas blancas y bien lustradas rodeadas de flores, todo estaba descuidado, la puerta estaba rota y lo habían agrandado con un trozo de tierra que antaño había sido un bonito huerto donde se cultivaban patatas. Era todo tan triste que se le saltaron las lágrimas, había filas interminables de montañas de tierra bajo cruces de madera en las que apenas se leían los nombres. Le costó encontrar a su madre, la tierra estaba húmeda por la tormenta de hacía dos días y la angustia de lo que podía estar pisando le heló el corazón. No sabe cuánto tiempo estuvo quieta, junto a esa cruz en la que estaba grabado el nombre completo de su madre. De repente alguien le tocó el hombro, era Paquita, la esposa del antiguo médico. Se alegró de verla, pese a su posición siempre había sido una mujer sencilla y cercana y recordaba que a ella y a sus hermanas les daba dulces cuando iban a la revisión. Por su semblante supo que estaba visitando a su marido, un buen hombre según recordaba. Estuvieron hablando mientras paseaban por el cementerio hasta que se sentaron en un banco. Paquita le dijo que quería ir a verla; se había enterado de que en Jaén había ejercido de maestra y quería saber si podía dar clases a dos sobrinos que tenía bajo su cargo. Gloria se emocionó, le dijo que estaría encantada, pero que su experiencia no era mucha y que además tenía pocos libros. Paquita la tranquilizó y de forma humilde le hizo saber que pese a los tiempos que corrían se defendía bien. Su marido, antes de marchar a la guerra había comprado un molino y varias tierras a la salida del pueblo y con él suministraba trigo a prácticamente toda la región. Le dijo que podía pagarle medianamente bien. Le habló de sus sobrinos, hijos de un hermano suyo, que contaban con 10 y 11 años. Gloria aceptó el trabajo y se sintió lo suficiente valiente como para proponerle que a las clases pudiese asistir Blanquita. La señora no tuvo ningún inconveniente y quedaron en empezar al día siguiente. Su hermana se alegró mucho de la noticia. Una vez empezó a dar las lecciones, Gloria se sintió renacer; se sentía útil y disfrutaba estando ocupada, además, los sobrinos de Paquita eran muchachos inquietos y avispados y también se alegró de que Blanquita tuviese cerca niños de edad parecida. A finales de semana, Paquita la mandó llamar, le hizo saber que estaba contenta con su trabajo, que sus sobrinos la respetaban y que se alegraba de haberle echo caso a Aurelio. La sonrisa de Gloria se congeló… ¿Aurelio? Paquita le explicó que le vendía trigo a la madre de Aurelio para que ésta hiciera el pan y que un día Aurelio le había hablado de ella y de su oficio de maestra, dejando caer que seguro que estaría encantada de dar clases a sus sobrinos. A Gloria algo le quemó el corazón, fue como un calorcillo breve pero agradable. Paquita le entregó un sobre y dos hogazas de pan, era el pago de la semana, a Blanquita se le salieron los ojos al ver aquellos panes de gruesa corteza. Gloria tuvo la decencia de abrir el sobre de camino a casa y al ver el contenido empezó a reír sin parar, era una risa que bien se podía catalogar de feliz, tenía motivos para estarlo. Antes de pasar por casa fue al pequeño mercado, no había mucha cosa, pero era un paraíso en comparación a la lacena de su casa. Compró verdura y fruta fresca y también algo de harina, unos huevos y un limón. Quería hacer un pastel, quería celebrar que su nuevo trabajo iba a traer bienestar y un poco de comodidad a su casa. Blanquita sonreía con ella y ambas, cogidas de la mano, canturrearon una canción ante el asombro de los vecinos. Cuando su hermana supo de las nuevas, se echó a llorar, quizás Juan se curara si podía alimentarle mejor y quizás no tendrían que comer gachas y carne seca el resto de sus días. Gloria se puso a hacer el pastel mientras Blanquita ponía la mesa. El caldo de verduras frescas hizo que la casa casi volviera a tener el olor de tiempos pasados. Fue una gran comida, todos quedaron saciados y satisfechos y hasta Juan parecía tener mejor cara. El pastel había salido delicioso y de tan grande que salió sobró un buen trozo. Gloria tuvo una idea y al acabar la comida, envolvió un generoso trozo en un paño y salió de casa. Tras picar a la puerta, volvió a abrirle la mujer de mediana edad, sorprendida de no ver cestos en la mano. Gloria le explicó que no quería comprar pan, que quería ver a Aurelio. La mujer achicó los ojos y la hizo pasar a la habitación del fondo de la casa. Gloria picó a la puerta y abrió. Allí estaba, con un cuaderno y un carboncillo entre los dedos, con cara ensimismada. Sonrió al verla, ella también. Se acercó a la cama y le ofreció el bizcocho envuelto, él lo cogió, lo olió y le pegó un mordisco, dijo que estaba bueno. Gloria cogió una silla y se sentó, de camino había ensayado una especie de discurso de agradecimiento por haberle hablado a Paquita de ella. No le salió tan bien como hubiese querido pero le dio las gracias. Aurelio la miraba con una media sonrisa, parecía que le divertían los esfuerzos de ella por hacerse entender. Cuando Gloria acabó él sonrió de nuevo y le preguntó que tal las clases. A partir de ahí todo fue muy fácil, Gloria le explicó sin ningún esfuerzo cómo eran los sobrinos de Paquita, le habló también de las lecciones que dio en Jaén, de Blanquita, de su tía Herminia. Aurelio la escuchaba, pocas personas hubiesen dicho que debajo de ese semblante sereno sentía tanta dicha. Gloria se dio cuenta de que había estado hablando mucho rato y se sintió avergonzada. El silencio se hizo embarazoso y él empezó a explicar muy por encima su tiempo en la milicia y el día en que le hirieron la pierna. Al parecer no mejoraba ni con medicinas. Gloria salió de la casa contenta, con el recuerdo de Aurelio mirándola. Casi sin querer, esa escena se empezó a repetir dos o tres veces por semana, cada vez que sobraba algo de comer en casa de Gloria, ésta lo envolvía en un paño y se lo lleva a Aurelio. Así pasaban ratos hablando de lecciones, de historias de guerra, de tiempos pasados. Uno de los días en que le llevaba alubias no le abrieron la puerta, una vecina le dijo que Aurelio se había puesto muy enfermo, que no le bajaba la fiebre y que su madre y otro vecino le habían llevado en carreta al pueblo grande. Gloria se angustió, sintió una presión que no entendió pero supo que aliviaría en la Iglesia, allí se vio rezando por él, rezando con toda su alma para que no le pasara nada grave, para que pudiera volver a verle, volver a hablar, volver a dejarse mirar por esos ojos suyos. Al día siguiente volvió a la casa, la vecina le dijo que no habían vuelto. Después de tres días de hacer lo mismo, la vecina prometió avisara en cuanto volvieran. Gloria estaba triste, su hermana lo notó pero no quiso ella contarle nada. Era en Blanquita en quién encontraba más consuelo, cuando de día le sonreía y de noche, en la cama, le apretaba la mano. Dos semanas después, cuando llegó de dar sus clases, la hermana le dijo que una señora había estado en casa preguntado por ella, Gloria supo que era la vecina de Aurelio y como si la persiguiera el demonio echó a correr calle abajo. Encontró a la madre de Aurelio barriendo la entrada, al mirarla vio que estaba llorando, Gloria no le habló, entró directamente a la habitación de Aurelio y al verle, con su cuaderno y su lápiz de deshizo en llanto. Él le hizo un gesto para que se acercara y la abrazó, Gloria lloró y lloró, lloró el miedo, el susto, lloró la posibilidad de no volverle a ver. Ya más tranquila se sentó en la silla, esa vez no había traído nada de comer y se encontró sin saber que decir. Fue él, quien con un semblante más serio de lo habitual le contó que le habían cortado media pierna; Gloria no pudo evitar mirar la sábana y sentir un escalofrío. Había sido la única opción para salvarle la vida dijo; la herida no se curaba y la infección le había provocado unas fiebres casi mortales. Aurelio no la miraba, quizás era la primera vez que no la miraba, estaba quieto, rígido, con las manos apoyadas en la cama y la vista perdida en su único pie. Gloria le cogió la mano y se la apretó, Aurelio sonrió, supo Gloria en aquel momento que estaba enamorada de ese hombre, que esa sonrisa podía a la falta de una pierna, de un brazo o de lo que fuera. Así estuvieron mucho rato, agarrados de la mano y mirándose. Al salir de la casa, Gloria se disculpó con la madre por las maneras en que había entrado, la mujer estaba triste y quería hablar, se lamentaba de que su hijo ya no sería un hombre de provecho, que no podría trabajar en el campo, que no podría apenas andar. A Gloria le dio rabia que Aurelio pudiese oír aquello y le dijo a la señora, con un genio que no conocía en sí misma, que había muchos oficios que se podían en esas condiciones.
Tres días después llegó la carta a su casa, tenía pensado ir esa misma tarde a verle, Paquita había traído nuevos libros de la capital y esos días había estado ojeándolos y preparando nuevas lecciones y ejercicios. Al ver la letra de él se estremeció, la guardó en el bolsillo y fue hasta el cementerio, quería soledad para leerla. Allí, cerca de su madre, leyó la carta más bonita que jamás había recibido. Aurelio le hablaba por primera vez de amor, de un amor que había comenzado antes de la guerra, con esos saludos cuando ella cosía junto a sus hermanas. Le habló de la nostalgia de cuando ella marchó y él se fue a la guerra, de su desasosiego por no saber dónde estaba y cómo estaba, de su alivio cuando después de mucho preguntar le dijeron que estaba con una tía en Jaén. Le habló de su alegría el día en que la volvió a ver comprando pan, de su ilusión por recibir sus visitas, por oír su voz, por estar juntos pasando el rato. Y sobre todo le habló de lo que había significado la preocupación que había sentido por él, de lo que sintió cuando la abrazó y la intentó consolar. La carta era larga, y Gloria le imaginó en la cama escribiéndola. Al final, la pedía en matrimonio, lo hacía, decía, con humildad, sabiendo de sus limitaciones físicas y aceptando un posible rechazo, a la vez que prometiendo cuidarla como mejor supiera si ella aceptaba el compromiso.
Después de esto, todo fue rápido, Gloria y Aurelio se casaron y vivieron en la casa de él. Gloria siguió dando clases a los sobrinos de Paquita y trabajó de maestra en el pueblo grande cuando acabó la guerra. Aurelio acabó ejerciendo la profesión que de mozo rechazó, con el esfuerzo de Gloria y la constancia de él, se desempeñaba bien en la parte trasera de la casa, entre el horno y el obrador. La posguerra les hizo pasar momentos duros, pero también maravillosos, como el nacimiento del primer hijo de ambos nacido en el año cuarenta, a quién llamaron Eduardo por el padre de Gloria.
Habían pasado muchos años de todo aquello, pero la mente de Gloria, ajena a los surcos de sus ojos y al dolor de huesos, seguía recordándolo todo con nitidez. Había sido una buena vida.

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