"Atrapada en el tiempo"...primer título de una trilogía basada en la posibilidad de mezclar fantasía y realidad para una mayor intensidad de las vivencias. Ubicada en la mágica Escocia, llena de tradiciones, clanes y supersticiones nos muestra cómo ser fiel a nuestros principios y cómo disfrutar de lo cotidiano vivamos cuando y dónde sea.
miércoles, enero 20, 2016
¿Se sigue escribiendo en blogs? Cada vez lo oigo menos.
Ahora todo va de facebook, twiter, instagram y otras redes sociales que se me escapan. Que quiero que se me escapen.
Siete años. Se dice así, de repente, y parece mucho. Y lo es para algunas cosas.
Cuántas palabras dichas y escritas en tantos años. Agunas hasta calladas.
A veces he leído algún escrito de este blog, desde el cariño y, hay que decirlo, desde la nostalgia. Me divertía escribiendo, compartiendo...
La vida; que te lleva, te trae, te mece, te zarandea, te acuna, te sorprende, te quita, te acaricia, te da... te enseña.
Hoy me ha traído aquí. Veremos...
lunes, marzo 30, 2009
Hechizos
De esos que prepara la vida.
Sin ojos de sapo, sin pieles de serpiente.
Esos que no reponden a nada y lo dicen todo.
[...]
Hace frío. Parece que vuelven a bajar las temperaturas.
Abro la ventana y pongo la calefacción.
Así debe ser para poder fumar y no pasar frío.
Y más cambios.
La primavera siempre trae cambios.
En las flores y en la vida, aunque suene poéticamente cutre.
La gente ahora hace planes para cambiar. Le da por ahí.
Es perfecto.
Cambiarse de ciudad. Estudiar algo nuevo.
Preparar vacaciones.
Esta estación es siempre el ecuador de algo.
Y en los ecuadores de la vida hay que espavilar.
Eso dicen...
Y si no lo es -ecuador- uno se lo inventa.
Que siempre va bien recordarse que uno sigue eligiendo.
[...]
Leí hace poco sobre lo insoportable de la inmovilidad que nos viene caracterizando.
Esas ansias de cambiar de móvil, de zapatos, de novio o de peinado.
Parece que no se soporta bien eso del "siempre más de lo mismo".
Aunque sólo sea por torear al miedo.
...
Hasta un punto. Un punto flaco y fibroso.
Casi imperceptible.
Como cuando una mano enrosca un mechón de pelo tras tu oreja.
Como cuando te explican el mejor de los cuentos inventados.
A medida. Como quien sabe los centímetros exactos de tu cuello.
Así. Justo así.
Inesperado y preciso.
Y el recuerdo, que casi nunca es pasado si se le llama así, pasa a mejor vida.
Se vuelve resbaladizo.
Como la manta que cae sin remedio cuando ladeas las piernas.
Y se queda ahí. Olvidado, siendo de veras pasado.
Siendo vacío y frío.
Y resurgimiento limpio de una indiferencia no fingida.
Y sólo así se puede permitir el paso de algo.
Y las piernas reclaman ese hechizo que sabes tuyo.
Que sabes para ti.
jueves, marzo 05, 2009
Escozor

Hacía frío para ser marzo.
Y mucho viento.
Tanto que he recordado el epicentro de este invierno.
De un raro e inseperado invierno.
Lo ha hecho después amontonar muchas virutas de goma sobre el pupitre.
Después de borrar a conciencia una página entera.
Con voz baja y firme. Con mirada clara.
Absortos en ese mundo de ejercicios y concentración que se reduce a un metro cuadrado.
Pasados unos segundos mi silencio le ha devuelto a la libreta.
Allí, de pie, he mirado sus manos, sus brazos. Su cabeza.
Todo creciendo. Todo haciéndose.
Y me he preguntado cuándo dejamos de buscar respuestas.
Cuándo sentimos que la resignación puede formar parte de la vida.
Y cómo nos afecta eso.
Cuándo la comodidad momentánea deja por inexplorables caminos reales y existentes.
[...]
Ya saben... el poder del presente, del ahora.
Pero a la hora de comer me he encontrado en el mismo río.
Gafas diferentes creo.
Y también hemos visto fotos en un aparato pequeñísimo y magnífico que hace casi de todo.
Almacena, llama, ordena, piensa, escribe, canta... Sólo le faltaba dar un saltito e ir al servicio.
Y yo he asentido mientas comía una patata detrás de otra.
La magnífica y terrorífica inmediatez.
Y el mal uso.
La que ahoga a la conciencia.Y a la paciencia.
domingo, noviembre 23, 2008
Cazadores de sapienza
En la cafetería se está caliente,Traigo las manos heladas y pienso en sabañones.
Me siento. Agotada.
Aún tengo agujetas del último sobre esfuerzo.
La combinación perfecta entre cansancio físico y mental.
Perfecta porque ya llega el fin de semana.
Y visualizo mi edredón nórdico como un paraíso alcanzable.
Me traen el poleo menta.
Cuando lo vierto en la taza el líquido chorrea. Como siempre.
Me levanto para alcanzar el diario de otra mesa.
Y los gemelos se retuercen por dentro.
La foto muestra a un montón de estudiantes protestando por la nueva ley educativa.
A pie de página dice que fueron los estudiantes de filosofía, políticas y filologías los que más se manifestaron.
Si es que todo tiene sentido.
Esta vez es un sociólogo. Famosísimo se ve.
Hay un retrato suyo.
Es un hombre típico.
Y greñas en la nuca. Y más de ochenta años.
Tiene esa pose y esa mirada. Sí.
Esa pose que irradia lo que muchos consideran sabiduría.
Una sabiduría que pasa por citar frases y nombres de autores que el mundo también reconoce como sabios.
Siempre me ha resultado pretencioso y pedante estar nombrando a los demás antes de decir lo que uno piensa.
Si es que realmente se llega a decir lo que uno piensa.
Es como utilizar algo que, como mínimo, te va a desviar de tí mismo.
[...]
No siempre, pero casi siempre incita a la vanidad y la condescendencia.
Aunque un buen saberdor siempre sabrá espolvorear humildad cuando toca.
Y esa humildad, que antes era tan solo falsa modestia -necesaria- se ha convertido ya en estandarte.
A derivado, diría yo, en otra falsedad peor.
La falsa incerteza.
La que todo lo cubre. Todo lo permite. Y todo lo vale.
La que subestima o sobrevalora según conveniencias culturales.
Igual que por sus conocimientos.
Un hedonismo nada fértil. Inútil me atrevo a decir.
O un buen intelectual.
Así piensan demasiados.
Un nuevo invento de eso llamado post modernidad: Sé mucho, pero me lo cuestiono todo.
Y si a eso le añadimos mansamente un: Será que no se tanto... Ya está.
Ahí lo tienes.
El intelectual del S. XXI.
Aplaudido y venerado.
Y atribuirse a sí mismos la opción de cuestionarse lo aprendido.
El aval de los sabedores reconocidos por el mundo.
Los no reconocidos, no valen. Porque entonces es una duda insulsa. Sin fundamento.
Que vendría a ser ignorancia...
[...]
Y añadía que eso era fantástico e interesante.
Pero que impresionan, sí.
Aunque cada vez sorprenden menos y cansan más.
Por trillados.
miércoles, noviembre 12, 2008
Hoy, en estos parajes mundanos, las cosas son así.
Y sí, lo que escasea, vale.
Yo misma le he llegado a dar al tiempo un valor casi absoluto.
Cuando me ha faltado.
Como todo el mundo, supongo.
Y ya sabéis.
Siempre que hablo de tiempo, hablo de Borges.
Porque para él, el tiempo lo definía todo.
El tiempo era lo que queda entre un incio y un final.
Así que el tiempo vendría ser el rato que pasa entre nacer y morir.
La vida, vamos.
[...]
Nunca he sabido dibujar.
Ese don, de herencia paterna, le tocó a mi hermano.
Quizás por compensar y por sentirme menos húerfana -de dones- desarrollé la imaginación.
Y me acostumbré a pintar por dentro.
A ver formas que, si acaso, sólo puedo explicar.
Pero no plasmar.
Y puede, sólo puede, que eso lo complique todo.
Sobre el tiempo, también imagino.
Y lo imagino como algo viejo.
Con bufanda. Y pelo blanco.
Con ojos soñadores y sabios.
Y si es que tiene nariz, la tiene larga.
Tiene una mueca en la faz.
Que no siempre es sonrisa.
Una melancolía entrañable.
Que no asusta.
Pero a veces alerta.
Está y existe a cada instante.
Y aún así, se mueve en mundos paralelos.
A niveles un poco incomprensibles.
A ratos lo siento mío.
A ratos, de otros.
A ratos, de nadie.
Se desgasta.
Y cuando lo ves cansado, y lejos, se vuelve otra vez nuevo.
De un blanco impoluto.
Y lo sientes cerca otra vez.
No es algo que esté helado. Ni que arda.
Pero puede dar un frío tremendo.
Aunque tenga su bufanda.
O desprender un calor sofocante.
[...]
Ahora, sus caricias se me antojan agobiantes.
Aunque sean cariñosas.
Y suaves.
Como el amante que, entregado, te desespera un poco.
Por predecible.
Son besos sabidos y largos.
Deseados pero sobrables ya.
...
Eso me ofrece ahora el tiempo.
Inquietud vestida de azul.
lunes, noviembre 10, 2008
Y es que no existen las revelaciones.Por mucho que las echemos de menos.
Por mucho que las dibujemos.
Ni momentos decisivos que condicionen nada.
Todo pasa por un proceso de significación.
El nuestro. El subjetivo.
Guste o no guste así vamos compartiendo o discrepando.
Con un trazo limpio y claro. Perfilado.
Todo queda a lo que queramos pensar.
A lo que queramos creer.
A lo que queramos sentir.
Y todo eso.... casi sin querer.
Y, a menudo, con cómo piensa.
Desterrar todo lo demás puede ser hasta inteligentemente cómodo.
Sobre todo si lo hace con mirada desafiante.
Creyendo romper las reglas de algún juego que detesta.
Porque le viene en gana y porque tiene pis. Claro.
Y porque sentirse transgresor tiene su punto.
Aunque sea a niveles mediocres y ordinarios.
Todo lo que podría ser. Y no es. Por elección.
Todas las ansias mal digeridas.
Y todos los resultados de ardores posteriores.
[...]
Y lugares.
De dar rodeos, quizás.
De rozar la desidia.
Pretendemos ser entendidos. Adivinados.
Pretendemos demasiado pues.
Ser premiados con lo que la boca calla.
Con lo que los ojos dicen.
Puede que eso sea alguno de los muchos flecos de la vanidad.
Y aplaudidos por la máxima de la naturalidad.
O con lo creemos que es la naturalidad.
De juzgado, no de enfado.
Igual acaban tiñendo de negro la maravillosa ingenuidad.
Con deleite.
Me retuerzo y derramo azúcar por encima.
Porque lo menos natural, lo menos determinado, me endulza.
Me sabe a menos agrio. A más fresco.
A nuevo.
Con lo que me desnaturaliza por unos instantes.
Con lo que me hace sentir graciosamente perdida.
Notando la textura esponjosa y ligera de no poder dominarme.
De saberme arrastrada por algo que me supera.
Los que esconden mejillas sonrosadas.
Los que camuflan silencios.
Los que protegen la emoción de los gestos.
martes, noviembre 04, 2008
El cartel indica que en el próximo desvío está La Fira de Barcelona.Pongo el intermitente.
Nunca me ha gustado esa zona.
Llevará diez años en obras.
Cada vez que voy ha cambiado algo. A peor.
Esta vez he visto un edificio nuevo. Rojo. Espantoso.
La fachada llena de pequeños tubos verticales.
Como si fuera una cárcel. Y altísimo.
Rotondas y más rotondas. En construcción.
Es todo demasiado grande. Demasiado urbano.
Cemento puro. Gris, gris y más gris.
Da igual que algún rayo de sol se cuele entre todo eso.
Es desapacible. Inhóspito.
Trabajé cerca de allí durante una época.
Y jamás sentí impulso alguno de conocer el entorno.
Del coche a la oficina. Y viveversa. Punto.
[...]
Entro en el Ikea.
Lo primero que veo es un sofá blanco.
De charol. Ahora todo es de charol.
Los zapatos, los bolsos... Todo brillante y frío.
Y al lado del sofá un árbol de navidad.
Acabáramos...
Eso es por si a alguien no se le ocurre nada que comprar.
Que compren bolitas y adornos varios para los abetos de plástico.
Claro.
El sitio está lleno. Como si fuera sábado.
Pensamos que la gente trabaja. Pero no.
La gente está en el Ikea.
Comprando. Hablando. Paseando.
Lo de la crisis es un invento de alguien.
Porque una flechitas pintadas en el suelo, idea -seguro- de alguien que leyó El Mago de Oz, me indican por dónde tengo que ir.
Gracias.
Puede que patente el incorporar Gps a los carritos de la compra.
Sí.
No hay cosas para poder colgar los collares.
Y estoy harta de tenerlos todos enredados en una caja.
Me veo capaz hasta de comprarme un perchero.
Y acabar con ese absurdo.
Le pregunto a una chica que trabaja ahí.
Y que está luchando con unos palos de madera larguísimos.
Siento tener que preguntarle.
La chica tiene una cara de agobio digna de foto.
La coleta de lado. Algunos pelos por la cara.
Agobio jpeg.
Me mira como si estuviera loca.
Que oye, también pudiera ser.
Y me dice que más adelante hay cajas de todos los tamaños.
Me ahorro decirle que conozco la existencia de las cajas.
Que se trata de ordenar, no de guardar.
Suficiente tiene ya con los palos.
Que, además, amenazan con saltarme un ojo.
Y suficiente tengo yo con buscar algo que no existe.
Vayamos todos en paz.
Sigo andando y oigo una voz que resuena por todas partes.
"A todo el personal, activado código 500".
Me quedo quieta delante de una percha con agujeros.
Prometo que es una percha con un montón de agujeros.
Pero los collares no se cuelgan en el armario. No.
Y pienso qué será lo del código 500.
Si será una amenaza de bomba.
O un lenguaje interno de los trabajadores.
Para darse ánimos de que pronto acabará la jornada o algo así.
Y pienso también cuáles serán los otros 499 códigos.
Y si realmente los trabajadores se los sabrán.
De momento, todo el mundo sigue igual.
Ajeno a todo.
Este sitio es rarísimo.
No sé cómo, pero he llegado a una zona donde todo son sillas.
Todo.
De muchas formas y muchos colores.
Tengo que sentarme. Quiero sentarme.
Debe ser una buenísima estrategia de márketing.
Elijo una blanca. Muy rara. Redonda.
Es bastante cómoda.
Debo haber salido de mi mundo.
Porque empiezo a mirar a la gente.
Enfrente mío hay una pareja joven.
Él carga una alfombra, enrrolladísima.
Ella lleva una bolsa amarilla colgada al hombro.
Están discutiendo.
Él habla y gesticula rápido. Como enervado.
Ella mira furtivamente a los lados. Cansada.
Diría que está avegonzada. Pero no lo sé.
No sé nada y no quiero saber.
Mi mente, que está tan aburrida como embutida, empieza ya a imaginarles una historia.
De rutina, puede que de crisis económica y de hastío. Quizás hijos que estén con la abuela.
Pero me contengo.
Mal momento para crear cuentos. Demasiado palpables.
Y al pasar por su lado casi me estremezco.
Y sé bien por qué.
Sigo.
Por ese camino de adoquines verdes y amarillos.
Veo velas.
Casi siempre que veo velas sonrío tontamente.
Aquí nada es único.
Sólo son formas apiñadas, una tras otra.
Las veo todas iguales.
Aunque sé que son de distinta forma. De distinto color. De distinto olor.
Pero así no. Así son todas iguales.
Lo del código 500 no era una bomba.
Porque seguimos todos ahí. Respirando.
Pregunto por la salida.
El chico me dice que tengo que seguir las flechas.
Que hay que dar toda la vuelta al centro.
Y mientras que voy en el sentido contrario a la flechas -y a la gente, claro- siento algo agrio.
Y no es la proximidad de la navidad.
Porque a mi, la navidad, aún me gusta un poco.
viernes, octubre 31, 2008
Me despierto. Estoy hecha un ovillo.No me muevo.
Pienso en pájaros.
Pienso si estarán calientes en sus nidos.
A la intemperie.
Y pienso en la fragilidad de esos cuerpos blandos.
Me viene a la cabeza el sábado pasado a mediodía.
Cuando andaba yo perdida con Tere.
Y digo perdida porque era así.
Cogimos el coche y unos bocadillos.
Y nos fuimos a buscar pueblecitos de esos con encanto.
Pero sin mirar esas fantásticas guías turísticas.
Cualquiera nos servía.
Hacía calor. Justo lo contrario a estos días.
Días en los que llevo dos pares de calcetines.
Días en los que se me pone la nariz roja.
Y no exagero.
Es, simplemente, que debo tener antepasados tropicales.
Por eso me entran ganas de ser osa e hibernar.
[...]
Salimos de la autopista mucho rato después.
Y encauzamos carreteras secundarias.
De pueblos bonitos y fantasmales.
En algún momento paramos en medio de la nada.
A escuchar el silencio y a algo más.
Allí, el mundo no parecía mundo.
Sólo era un pedazo de tierra en medio de viñas y cielo.
Y nosotras sólo dos vidas.
De nuevo en el coche pusimos la radio.
Sonaba una canción de amor.
Casi todas las canciones son de amor.
En serio. O de desamor, que viene a ser otra especie de amor.
Amor mezclado con algo, pero amor.
Lo otro suele quedar difuminado.
Realmente no sé si eso es algo bueno.
Ni sé exactamente el por qué.
Pero sé que no hay muchas canciones sobre el trabajo.
O sobre las ocho, o nueve, o diez maravillas del mundo.
O sobre cualquier otra cosa que también forme parte de nuestras vidas.
Miré a Tere.
Iba tranquila. Miraba por la ventana.
Las manos relajadas sobre el regazo.
A ella le gustan las canciones de amor.
Y si son cutres más.
Es una romántica.
Quizás yo también, no lo sé.
Estaba guapa.
Con la tontería de los doscientos kilómetros que nos separan nos vemos poco.
Le había dejado unas bambas.
Sé que se patería una montaña con tacones.
Sería muy capaz.
Domina los tacones más que nadie que conozca.
Y quizás fueron esas canciones de la radio.
O el aire despejado y sano de aquellos pueblos que íbamos dejando atrás.
Pero cuando paramos a comer hablamos de chicos.
Sentadas en un banco.
Con el papel de plata en nuestras rodillas.
Como dos quinceañeras que ya no lo son.
Con el pelo suelto y ropa cómoda.
Lejos de nuestros trabajos.
Lejos -en aquel momento- de nuestras preocupaciones de adultas.
[...]
Luego, la noche trajo verdades ineludibles.
De esas difíciles. Que cuesta explicar.
De las que te dejan desnuda mientras estás vestida de arriba a abajo.
De las que necesitan oídos y confianza.
Y al día siguiente ella se marchó.
Con sus canciones. Con sus tacones.
Pisando segura el suelo de la estación.
jueves, octubre 30, 2008
De azares y suertes
"Aquel que dijo más vale tener suerte que talento, conocía la esencia de la vida.La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuantas cosas se escapan a nuestro control.En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde la red y durante una fracción de segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás.Con un poco de suerte sigue adelante y ganas o no lo hace y pierdes. "Seguro que os suena.
Es la voz en off del principio de Match Point.
De Woody Allen.
Sí.
El mismo que duerme con los zapatos puestos por si, de repente, viene un huracán y hay que salir corriendo.
Hay que estar preparado para todo se ve...
Incluso para el fatalismo.
[...]
Hay muchos dichos sobre la suerte.
Que existe. Que no existe.
Que se encuentra sin querer.
Que se puede buscar.
Suerte.
En su definición, la R.A.E.incluye la palabra casualidad.
Y la casualidad no se puede evitar.
Según esto, la buena o mala suerte no se podría escoger.
Quizás sea así.
Pero hay más. Como en casi todo.
Suerte. O coincidencia. O destino.
Es sólo una idea. Una opción.
Puede que una creencia. Casi una cuestión de fe.
Y todo lo que tiene que ver con eso escapa a razonamientos lógicos.
Escapa a las mismas palabras.
Que se retuercen intentado explicar algo que los siglos no han conseguido explicar.
O, acaso, han conseguido explicar de tantas maneras que ninguna es válida del todo.
[...]
Una vez, en clase, hablábamos sobre los cuentos y relatos.
Y no pude evitar mentar las tragedias griegas.
Edipo Rey.
Sí. La existencia de un camino marcado o un camino labrado.
Y ellos, a sus 16 años, fruncían el ceño por no saber qué decir.
Quizás sin habérselo planteado nunca.
Por falta de necesidad. O por aceptar las cosas sin más.
Vete a saber si no se es más inteligente a esa edad que a otra.
La cosa es que tampoco tiene más importancia.
Bendecir a esa buena suerte o a esa buena coincidencia, digo.
O maldecir lo contrario.
Aunque eso sí.
Casi sin quererlo, hablar de buena suerte, de mala suerte o creer en el destino o no acaba siendo una filosofía de vida individual de cada uno.
Y así, vamos encontrando la absolución o el reproche a aquello que nos va ocurriendo.
Aunque para ser sinceros...nunca queda del todo claro.
jueves, octubre 23, 2008
A los no creyentes
Aunque, claro está, hay nieveles.
Que no te crean cuando dices que un sábado por la noche estás cansada.
Vale.
Que no te crean cuando comentas que un día de estos te vas a vivir a la Cunchinchina.
Pues también vale.
O cuando dices que te has bajado la peli entera de Heidi.
Que no te crean cuando sonríes con complacencia ante las cortinas de flores de tu amiga "la casada".
Vale.
O cuando comentas que la semana que viene dejarás de fumar definitivamente.
Que no te crean cuando afirmas que te encantan los debates políticos.
Vale. Que su lógica tiene.
Que no te crean cuando juras que no volverás a besar al Tito Absolut.
Bien. Me parece bien.
Que no te crean cuando gritas con alegría: Sí, sí, te llamaré y quedamos.
Obvio y normal. Sobre todo si no es la primera vez que lo dices.
Pero... ¿Y cuándo dices la verdad y no te creen?
¿Qué significa exactamente ese momento?
¿Que tu cara es de mentirosa patológica?
¿Que el tono de voz no es creíble?
¿Que una está prediseñada para las mentiras?
[...]
Cuando, tras decir una verdad, te sueltan valientemente que no te creen, una se queda en trance.
Y le entran ganas de reír.
Esperando oír: "Que era broma...¡claro que te creo!"
Poque claro... si se trata de un divorcio, puede enseñar los papeles llegado el caso.
Si se trata de un corte de pelo, envías foto y punto.
Si te trata de un timo, por algún lado tendrás el tiket.
Pero ¿Y si no hay comprobante de autenticidad?
¿Qué haces?
¿Cómo te lo montas entonces?
Veamos... se me ocurre, no sé.
¿Patalear como los niños?
¿Amenazar con que si no te creen dejas de respirar?
¿Darte cocotazos contra una pared?
Porque claro... algo hay que hacer, ¿no?
¿O no?
Calla... que ahora se me ocurre algo.
Quizás no haya que hacer nada.
Quizás sea cierto lo que me llevan diciendo desde hace días.
Sí. Puede que sea cierto.
Sí, hombre sí.
Eso de que si alguien no te cree... es problema suyo.
Y que, probablemente, le sea más cómodo no creerte.
Sí, será eso.
Gracias a todos por iluminarme...
Fdo:
Carol... (Y su credibilidad)
viernes, octubre 17, 2008
Lejos. Muy lejos.
Me llegaban mensajes suyos desde ciudades que nunca había escuchado.
Y, a veces, las buscaba en un mapa, por eso de la curiosidad del ignorante.
Sitios exóticos y lejanos.
Con otras horas, con otro tiempo.
[...]
Estaba moreno.
Pelo largo. Más delgado.
Camisa a cuadros verdes y blancos.
Y tejanos, claro.
La mirada tranquila. El habla relajada.
Desprendía ese aura de quien se reubica en su gente.
Que no en su sitio. O sí.
No fue el golpe de verlo.
Fue el golpe de saberlo de nuevo aquí.
Diferente.
Hacía calor. Estos días son de un calor raro.
De un verano que se alarga y ya no toca.
Y escogimos el patio de un restaurante.
Un patio pequeño y verde.
Y hasta oímos el rudillo de una lagartija.
Sí. Hacen ruido.
Guachos creo que las llamó él.
Hablamos mucho.
Eso siempre ha sido típico entre nosotros.
Hablar y escuchar.
Como se escucha los buenos amigos.
Com calma. Con interés.
Y se nos pasó la tarde.
Entre cigarrillos. Entre historias.
Y a mi me desapareció el dolor de cabeza.
Y me apareció el hambre.
[...]
Después de cenar llegó la luna.
Grandiosa.
Y llegó también la Facultad.
Siempre, en un momento u otro, hay espacio para ella.
Para recordar momentos en los jardines.
Para imitar a algún profesor.
Para sorprendernos de los años que hace que nos conocemos.
Y para sonreír por seguir ahí.
Sentados en un banco cualquiera.
Siguiendo los hilos de la vida.
Poníendonos al día de las novedades.
Y dejando que el otro asienta.
Porque ya te conoce. Ya te sabe.
Y los malosentendidos no caben.
Y ya entrada la noche habló de sitios nuevos.
De todo lo que queda fuera del diminuto mundo en el que solemos vivir.
De gente diferente.
De sensaciones únicas que siempre llevará con él.
Y es que hay otras maneras de vivir.
Aunque no lo parezca.
O no lo queramos creer.
Y la opción existe.
Pero la respuesta -pese a las quejas- suele ser que nos quedamos con esto.
Porque sí.
Noches como esta valen la pena.
jueves, octubre 16, 2008
Circos
Ese del que siempre hablo. Sí.
El de irme al monte.
Y hacerme cabrera.
A oler las nubes y a escuchar el silencio.
A merendar pan con queso fresco.
Y el mundo que siga girando.
Que luego ya volveré.
En el buen sentido. Y en el malo a veces también.
Porque todo tiene siempre dos caras.
No vayamos ahora a aferrarnos a verdades indiscutibles.
Y agotador.
Y de vez en cuando hay que descansar.
Debería ser un derecho contitucional.
Para que a uno se le restablezca el orden mental.
[...]
Supongo que de la razón.
De eso tan valioso que nos diferencia de los animales.
Vamos, de la evolución.
Yo siempre quiero entender.
Podríamos decir que era la típica niña con coletas.
Y que mi sonrisa siempre iba acompañada de un : ¿Y por qué?
Debía ser exasperante.
Y lo que ha cambiado es que ya no me hago coletas.
Aunque a veces me apetece.
Sus múltiples preguntas. Y sus cientos de respuestas.
Lo del libre pensamiento.
Todo eso de los diferentes prismas.
De infinitas posibilidades válidas y argumentadas.
Y por eso también repudié las ciencias.
Porque lo encasillaban todo. Demasiado rápido.
Provocando esa respuesta odiosa de : Es así y punto.
En hechos puede que sí lo seamos. No nos queda otra.
Pero las avispas quedan revoloteando entre posibles ideas.
Sin poder evitarlo.
¿Cómo puede ser que todo pensamiento razonable tenga un opuesto igual de razonable?
Ni idea. Pero así es.
[...]
Cuando uno intenta buscar explicación a algo que no entiende se inicia todo un proceso.
Porque puede que la tenga.
Pero también puede que uno no sepa verla.
Y justo ahí, en momentos en que el razonamiento se invalida por inútil, uno se cansa de la complejidad.
De la maravillosa complejidad del cerebro.
O en grandes pensamientos.
Y el anhelo no deja de ser expectativa.
Y ya saben...la expectativa no cumplida trae frustración.
Bueno, yo me pierdo.
Y casi estoy a punto de sentir una punzada de envidia por aquellos que asumen las cosas sin más.
[...]
Y me viene a la cabeza Nietzsche.
Con aquello del placer y el dolor.
La dualidad. La consecuencia.
La convicción de que no existe un extremo sin el otro.
La defensa de la radicalidad del blanco y el negro.
El gran riesgo que se corre ante la expectativa.
"No te aferres a nada".
Porque no aferrarse es la única forma de no desear.
Y no desear es la única forma de evitar un posible dolor si no se consigue lo anhelado.
Hay colores grises. Hay un punto medio. Hay un equilibrio.
Y te das cuenta de que en las cosas y en los momentos importantes no hay nada de eso.
Sólo hay una cosa u otra.
miércoles, octubre 08, 2008
Aire
Y a llovizna.
A ese olor dulce que deja la tierra mojada.
Un día de esos perfectos para quedarse en casa.
Y encontrarle sentido a eso que llaman “calor de hogar”.
Para leer a Félix de Azúa, que es un lector de calma y frío.
Y recordar los días de Universidad.
Aquellos en los que la reflexión parecía ser tan importante.
[…]
El día empezó con un mensaje al móvil de Laura. Sobre un sueño.
Y una sonrisa.
No sé por qué me gusta pensar en los sueños.
Es un juego que me acompaña desde pequeña.
Menos mal que últimamente no recuerdo los míos.
Porque ahora, con la parte consciente ya estoy entretenida.
Y es que es el cielo y es el aire.
Que me hace mezclar camisetas de manga corta con chaquetas.
Que me tiene confundida con un sol que capea nubes a las que no gana.
Hasta que cae la tarde.
Y por teléfono me reclaman un mail.
Y menudo fastidio. Porque llevo un mes sin Internet.
Supongo que os suena eso a lo que llaman servicio técnico.
Ese sitio que imagino oscuro y lleno de máquinas raras.
Con personas vestidas de gris que van de aquí para allá.
Y que tienen una concepción del paso del tiempo diferente.
Diferente a la mía por lo menos.
Y salgo de casa. Y me vuelve a amparar un techo opaco.
Y ya en el coche recuerdo voces.
De todas las conversaciones que he tenido a lo largo de hoy.
Y es como si entre todo lo dicho se escondiera un acertijo.
Y creo que tengo la respuesta en la punta de la lengua.
Así lo creo hasta que oigo mi nombre camino del sitio donde hay Internet.
Y es que últimamente voy teniendo demasiados encuentros fortuitos con mi pasado.
Cuando levanto la cabeza soy consciente.
De las pintas que llevo, digo.
Pantalón de chándal. Sudadera gris. Y una cola rápida.
[…]
Y bueno.
La única verdad es que pese al tiempo.
Pese al aire y la lluvia.
Pese al cambio de estación.
Yo estoy en mi sitio…quizás más que nunca.
martes, octubre 07, 2008
Dénle un respiro a la duda...
que la maleta siguiera en mi habitación]
Barcelona es, a veces, estresante.
Sobre todo el centro.
Y más cuando una quiere calma.
Estaba conduciendo por Plaza Universidad.
Después de mucho llegó Vía Layetana.
Un agobio.
Menos mal que cada uno se aísla en su mundo.
Uno habla por el móvil.
Otra canta con voz estridente cualquier canción.
Otro le da golpes al volante.
Algunos se encienden un cigarrillo…
Y bueno, así pasan los minutos hasta llegar a tu objetivo.
Antes de llegar al mío –el salado mar- he visto casi de todo.
Y comentaba con mi rubia acompañante que será que somos de pueblo.
Porque ya, con tanta caravana, tanto tubo de escape y tanto ruido estábamos al borde del colapso.
Sólo nos ha faltado ver tres manifestaciones.
Sí tres. En tres calles seguidas.
Y ella ha comentado que además de ser de pueblo vivimos al margen del mundo.
Y la verdad es que podría ser. Y no me molestaría.
Una era de UGT.
Otra no sé de qué pero ondeaban banderas europeas.
Y otra de los comunistas.
Y me ha dado tiempo a mirar en cada semáforo.
Ver las caras de esa gente que un martes por la tarde se tiran a la calle.
A gritar en lo que creen. O a defenderlo. O a hacerse oír.
Algunos eran muy jóvenes.
Otros más mayores.
Pero todos se movían mucho. Energía pura.
Y en las caras esa seriedad autocomplaciente de saberse útil.
De seguir teniendo un motivo.
[…]
Mucho tiempo después he enfilado la autopista.
Pensando en la importancia de creer en algo.
Y obrar en consecuencia.
Pensando en lo que supone eso. Y es algo bueno.
Quizás hasta pueda ser bueno sin ser factible.
Porque te da algo. Una especie de fuerza.
Para no parar. Para actuar.
Para caer rendido en la almohada.
[…]
Y bien.
Estoy haciendo esfuerzos por no mencionar lo visto.
Pero no puedo. O no quiero.
Estando en el coche he visto que los ojos de Judith se abrían.
Mucho. Demasiado.
Y es que delante nuestro, en plena Gran Vía iba una bicicleta.
El individuo en cuestión era un alegre treintañero.
Sí.
Y digo alegre porque llevaba con porte y alegría un tanga.
CK por supuesto.
Pero un tanga que dejaba al descubierto lo que antaño se decía que era…
¿Cómo era? Una parte íntima.
Y que el buen ciudadano ha compartido con todos los barceloneses.
No sé… a ver, que lo mío me costó acostumbrarme a ver calzoncillos.
Porque eso ya lo he asumido. Vale.
La gente lleva los pantalones bajos.
Y yo, sin quererlo, veo prendas interiores de colorines y marcas.
Y oye, que de verdad que lo he digerido porque es un prenda más.
Pero es que ahora tengo que ver culos.
Si es que vamos ya al nudismo y yo voy a resultar ser una antigua.
Pues no sé de qué hemos hablado ante tal panorama.
Diría que nos hemos quedado sin palabras.
Amén de girar las dos la cabeza cuando le hemos adelantado.
Más que nada para ver si tenía cara de ido o algo así.
Pero no. Bien normal era el chaval.
Y bueno, que supongo que la segunda vez que vea algo así, pues nada…
Que me sorprenderé igual.
[…]
Y que mañana me voy.
Que no quiero dejar de creer en algo.
sábado, agosto 30, 2008
Recreaciones
No todas las sensaciones son iguales.
No todos los recuerdos son iguales.
[…]
Diría que en estos tiempos la atemporalidad de una sensación es casi imposible.
Y el “casi” es el No camuflado por excelencia.
Así, deduzco que conviene cierta recreación cuando se siente algo como absoluto.
Para deleitarse en una firmeza tan engañosa como divina.
Y yo, me esmero.
Y así, voy jugando con los recuerdos de este verano.
Ahora que puedo.
Aún.
Porque pese a estar ya en casa aún no lo siento así.
Mi almohada -esa que añoraba cuando me fui- es ahora tan solo sustituta de otra.
Y sigo sintiendo otro aire.
El de sitios que ya no respiro.
Y me sorprende abrir los ojos y ver el techo de mi habitación.
Inquietante sensación.
Como cuando sorprende un sabor ya probado.
[…]
La maleta sigue en mi habitación.
Vacía. Pero ahí está.
Desafiándome con su brillante cremallera.
Paso por su lado y sonrío.
O le saco la lengua, según me de.
Y me basta un segundo para deleitarme con el ritmo nómada del último mes.
Para sentir su peso echándola en el maletero.
Para ponerme ropa de viaje.
Y partir.
Volver a partir a otros sitios.
Porque el viaje es de lo mejor.
La incertidumbre ofrece posibilidades.
Y lo hace mientras corres kilómetros hacia algún sitio.
Sin sospechar.
Sin esperar aquello que luego sucede.
[…]
No soy yo amiga de los aeropuertos.
No sé qué libertad puede dar estar a miles de metros de altura.
Encerrado.
Pero sí sé de otra.
Mejor.
La de no contar días.
La de que no haya exámenes pendientes.
La de bajar la ventanilla y dejar que el pelo se alborote.
La de aguantar con fuerza el volante, suave, y escuchar una buena canción.
Y redoblo con fuerza un impulso.
El de coger el montón de ropa aún sin lavar y volver a irme.
jueves, julio 17, 2008
Miércoles. Y punto.

Por ir a la playa solo de noche. Cuando hay antorchas encendidas.
Por los vestiditos de colores y las sandalias cómodas.
Por planear vacaciones en otros países de costa mediterránea.
Por minimizar los problemas.
Por escuchar música relajante.
Por ver plácidamente películas que me bajo de Internet con una bolsa de chuches.
Por ir a sitios nuevos en Barcelona que acaben en –Mar.
Por dar, hasta me ha dado por hacer planes a dos años vistas.
Sí, señor. Haciéndome a la vida como si fuera mía.
Con alegría y alevosía…
Esa contradicción que versa sobre el arriesgar ahora para arriesgar menos luego.
O algo así. Que muy claro no creáis que lo tengo.
Y así se va pasando julio.
Entre las rebajas.
Entre las pedicuras y bonitos pañuelos.
Y la adicción a las cenas en el jardín.
Esas que van siendo ya tradición de verano.
Las que recuerdan que los años pasan.
Sobre todo cuando se empiezan a contar gestas pasadas.
O se habla de cuentas a plazo fijo. Madre de Dios, qué cosas.
Mientras alguien te tira fotos justo cuando estás amodorrada en la silla.
Mientras la opción de salir luego de fiesta queda relegada a una intención.
Luego miras la mesa. Montones de platos, vasos, pasteles y botellas.
Muchas botellas de alcohol.
Y sientes una complacencia que te pone alerta.
La cosa es que al día siguiente sigues.
En esa buena rutina de no tener rutina que valga.
Reavivo libros que estaban medio moribundos en la estantería.
Y me enzarzo en escribir cuentos que revoloteaban el pensamiento.
Piensas también en modelitos que llevar a bodas y bautizos.
Porque es el mes –sino el año- de bodas y nacimientos varios.
Y bueno, mejor no pensar en eso.
[…]
Y llega un nuevo día.
Miércoles, para más datos.
Y me despierto. Y no me levanto.
Porque está bien ronronear a lo largo y ancho de la cama.
Pensar en ese pan tostado que te vas a comer en breve.
Y recordar la cena de la noche pasada.
Y llegar a casa de madrugada y no tener frío al bajar del coche.
Pero enciendes el móvil. Claro.
Ese bonito regalo ofrecido por el desarrollo y el avance de la humanidad.
Y como es ya tarde empieza a vibrar con ganas.
Y uno de los mensajes me deja mirando al techo. Y levantando las cejas.
Pero hago como que no pasa nada.
Hace un día precioso. Salgo al jardín con la tostada y el sol me ciega.
Mi perra está a la sombra de una morera. Lista que es ella.
Y yo pienso que al lado de las margaritas amarillas quedarán bien unas lilas.
Y vale. Quizás me vista y me vaya a comprarlas.
No, mejor por la tarde y las planto ya cuando se haya ido el sol.
Mierda.
Claro, es que hoy es miércoles.
Y todo lo que tiene que ver con él tiene que ver con miércoles.
Vete a saber por qué.
Pero así lo he sabido gracias a esta memoria selectiva con quien alguien me dotó.
Y nada, que ya me quedo en pause.
Inspirando hondo como si supiera que algo se avecina.
Y se avecina apenas pasada la tarde.
Justo antes del momento que llevo dedicando días a echar una cabezadita.
Y da comienzo el circo. Con todos los extras.
Mi voz se vuelve extraña. Y carraspea.
Al otro lado del teléfono se suceden silencios.
Y yo no entiendo. O sí.
Lo mismo da.
Que yo ya sé que no voy a sacar nada en claro. Porque es miércoles.
Por mucho que me empeñe.
Y es que los miércoles van teñidos de malas ideas.
De impetuosidad.
De perturbaciones varias que una ya no sabe si son reales.
Y la niebla planea negruzca sobre vaivenes sin sentido.
Y… mejor dejarlo todo para otro día cualquiera.
martes, julio 01, 2008
Novios de verano

Es tan obvio como que mi nariz se está pelando.
Pese al factor 50 que me extiendo en circulitos por toda la cara.
El sol cae y me apabulla.
Se cuela por todas partes esa calentura.
Y yo, enemiga declarada del aire acondicionado, sobrevivo como puedo.
Botellines de agua, helados, fruta y playa, vaya.
Y… abre la ventana, por favor y que corra el aire.
Y ya desde hace días disfruto de esa supervivencia.
Llena de terrazas con charlas desmesuradas y claras.
De sandalias nuevas.
De collares grandes.
De piel morena y salada.
Porque es supervivencia. Sí.
¿O acaso es coincidencia que casi todas las guerras empezaran en verano?
No.
Que en verano a la gente le sobra el tiempo. Y los calores se suben a la cabeza.
[…]
Todo parece más apropiado.
Resguardarse del sol. Buscar el fresco.
Comer sandía.
Bailar en la playa. Cuando la arena ya no quema.
Deambular por los estantes de las librerías sabedora del tiempo que ahora tienes…
Y tanto sabor mediterráneo le acaba calando a una dentro.
Te ralentizas a base de sanas ensaladas, de deporte y de cremas hidratantes.
Es un auto saneamiento.
Y llegan entonces los bronceados y alegres novios de verano.
Por supuesto.
Esos seres que representan el amor libre.
Libre de enfados otoñales.
Libres de responsabilidades.
Sí.
Con los novios de verano todo es jauja.
Todo es bonito y divertido. Enmarcado por playas.
Por tardes libres. Y por helados.
Ellos enseñan las torneadas espaldas morenas.
Y ellas ya tienen suficiente.
Los dientes brillan blancos por el contraste.
Los ojos suavizan su color con el sol.
Y correr por la palaya cual anuncio de CK.
Todo es nuevo.
No hay disputas que recordar.
Ni malos sabores que se arrastren.
Ni planes que entorpezcan nada.
Sólo horas para descubrir sitios.
Para sentarse en rocas y mirar la mar.
Para hacer picnics en la montaña.
Bailar las canciones de verano.
Y todas las canciones.
Ponerse ropa blanca. Fresca y limpia.
Organizar algún fin de semana divertido.
Sí. Los novios del verano.
Los que no aguantarán neuras de estrés laboral.
Ni comidas farragosas de navidad.
Los que no vivirán la agonía de un San Valentín.
Con ellos todo es fácil.
No habrá mal humor entre risas y margaritas.
En paseos por las calles a las cuatro de la mañana.
Porque el tiempo pasará en armonía estival.
Y todo será aprovechado al saber que hay un fin.
Incluso se intercambiarán pulserillas de tela.
De esas que se ponen en la muñeca.
Como símbolo de amor veraniego.
Y las fotos correrán por los ordenadores.
… Hasta que el verano se los lleve.
A ellos y al calor.
Blog

Pero sé que nunca pensé que escribiría lo que voy a escribir.
Sé que me lo comentó Saül, siempre muy metido en esto de las nuevas tecnologías.
Me dijo que me ayudaba a abrirlo y que si no lo quería utilizar no pasaba nada.
Todo era tímido al principio.
Siempre con la conciencia alerta de que lo que escribiese ya no iría a la carpeta que guardo en el segundo cajón.
Lo viví como algo importante. Y emocionante.
Y lo es.
También es cierto que cuando se escribe, los condicionamientos son malos –los de saberse leída por gente concreta-. Sí.
Pero el blog no impide que siga llenando la carpeta de siempre. Donde nada ve la luz.
Te da lo mejor; posibilidad de elección. Que sea leído o que no lo sea.
Reconozco cierta satisfacción mal llevada cuando, al ir pasando el tiempo, me llegaban mails de felicitación, comentarios o peticiones de que escribiera más.
Es como bonito y feo a la vez. No me desagrada el hecho. Aunque sí lo que provoca.
El caso es que recuerdo haber meditado sobre una opción que este mecanismo ofrece.
Permitir o no comentarios sobre lo escrito. Opiniones vaya.
Incluso hay una opción que brinda el que los comentarios se oculten hasta que tú decidas si quieres mostrarlos o no.
Me pareció cutre.
Y así decidí que bien. Que la opción comunicativa que ofrece Internet debería quedar exenta de censuras varias.
Que si yo tenía la opción de hacer público un escrito sobre lo que me diera la gana, también los demás deberían tenerla a decir lo suyo.
Me pareció algo así como una democracia consentida. Y buena.
Compartida y abierta. A lo bueno y a lo malo. Que también era –y es- una opción.
Y hablo de escritura. Porque aquí se lee. Y se escribe.
Lo digo por si alguien no se había dado cuenta.
Que en este mundo, donde el morbo es plato diario, hay quienes pensamos que cada cosa tiene su sitio. Y hay que saber diferenciar.
[…]
Yo leo blogs. Casi se puede decir que me he aficionado.
Espacios donde las palabras parecen más espontáneas que en hojas de libros.
Donde se divaga, se reflexiona o se narra cualquier pensamiento, situación o vivencia.
Sí.
Pero siempre desde la conciencia. Que, en este caso, no está vigilada ni controlada por nadie más que nosotros mismos.
Responsabilidad directa de cada uno. De decidir cómo te expresas. Y sobre qué lo haces.
Y me estoy refiriendo –para que no quede duda- a algunos espectáculos patéticos que ofrecen los blogs.
Donde la libertad de escritura y de opinión se confunde con la vulgaridad de referencias fuera de lugar.
El mal gusto vaya.
Aprovechamientos varios para atentados estilísticos y formales.
Haciendo que la escritura –que es la protagonista- quede camuflada tras intencionalidades e intereses personales.
Y digo yo. ¿Es necesario hacer circular ciertas cosas? Pues no.
Que es que suele suceder algo que poco tiene de curioso; la gente que tiene blog tiene correo electrónico.
Y lo digo porque todo aquello que quede fuera del área del texto escrito, de la escritura.
Todo aquello que tenga impreso el tono personal –de conocidos y desconocidos- puede hacerse saber por medios más elegantes.
No sé…es de cajón.
Quien me conoce –no digo más- sabe que ni consiento ni practico esto de los jueguecillos anónimos. Que no es la primera vez que sucede.
Que ahí está mi mail y la mayoría de las veces soy persona dialogante.
Pero que de estas maneras no.
Que me irrita en demasía. No lo puedo evitar.
Ninguna de las veces. Con ninguno de los comentarios.
martes, junio 24, 2008
Solsticios
Lo venía anunciando desde hacía días.
Me niego a ir a la playa.
Pese a las bonitas hogueras. Pese al murmullo de las olas.
Pese a esa supuesta magia.
Me paso el día entre la tumbona del jardín y la cama.
Vagueando en absoluta armonía con mi perra.
Ella se pone debajo de la hamaca, entre sol y sombra.
Y nos dedicamos gruñidos varios de modorra y entendimiento.
[…]
Aún queda la tarde para que llegue la noche.
Estoy estirada encima de la colcha azul cielo.
La que llamo colcha de verano.
Suena el teléfono.
Y la propuesta llega firme.
Y no dudo. Como tampoco lo hace el vestido verde que hay tirado encima de la silla.
Abro la verja de un jardín bien cuidado. Que me sé de memoria.
Quizás hay alguna palmera nueva, quizá.
Y unos dedos se agitan por la ventana.
Por un segundo pienso en otro piso.
Y todo se vuelve tremendamente difícil.
Y me sorprendo porque no debería serlo.
[…]
La dependienta de la Illa me pregunta cuánto mido.
Y su tono de envidia no me provoca nada.
He salido del probador con un vestido negro. Largo.
Escote palabra de honor.
Miro mis pies descalzos y me pongo de puntillas.
Y el reflejo me devuelve algo que no sé qué es.
Esperando en la caja Tere revuelve un estante lleno de anillos.
Cada una lleva un vestido en la mano. El de ella es rosa, precioso.
Y contrasto el verde con el negro.
Y me río de mí.
Pienso que hoy debería dejar el móvil a recaudo de alguien que no fuera yo.
[…]
A Laura le han desviado el vuelo. Llegara a Barcelona más tarde.
Así que dejamos la visita al aeropuerto y vamos al sitio planeado.
Justo hace un año también estaba allí. Metiéndome inconsciente en una larga historia.
Y mientras recojo mi pelo en una coleta pienso si realmente yo decido algo de lo que ocurre.
[…]
Es moreno. Muy alto. Lleva tiempo mirando.
Entre la vergüenza y la desvergüenza.
Mejor me voy. Mejor.
Levanto los rizos de Tere y le digo que me escapo a la sala de fumadores.
Que ahora vengo.
Me siento feliz en una butaca y me enciendo un cigarro.
La gran cristalera permite ver toda la pista.
Abarrotada. Llena de vestidos de colores y camisas blancas.
A la gente le brilla la piel bronceada.
Y pienso que me quedaría ahí.
Con la copa y el cigarro. Mirando a la gente. Y ya.
Sin entrar al trapo de nada.
Se me acercan dos chicas. Y me preguntan si soy habitual.
Las dos son morenas. Bajitas. Una muy fornida.
Me preguntan por la música. Y por la hora de cierre.
Les sonrío pero no tengo ganas de hablar.
Y cuando me levanto le veo ahí.
Esperando.
El chico moreno.
Joder.
Paso veloz por su lado y bajo las escaleras.
Llego a mis amigas. Y me acabo la copa.
Y bailo. Y Nuria baila. Y ahí baila todo el mundo.
Una mano en la espalda. Y una voz que me dice que no me encontraba.
Que había salido muy rápido de la sala de fumadores.
Y de repente pienso que fumar y salir corriendo viene siendo propio de mí.
En los últimos tiempos. Sí.
Pero me callo.
[…]
Son poco más de las cinco. Estamos en el coche esperando a Laura.
La gente va saliendo de la discoteca.
Y sólo veo caras.
Y la tarde se confunde con noches de otras semanas.
Y la noche con otros días.
Y nombres. Y voces.
Y mi pasado gritando en presente. Haciéndose oír.
Y mi supuesto presente callado.
Y abro ese bolso con flores bordadas. Saco el móvil.
Y bien. Dejaré que la gente crea lo que quiera.
Lo que más convenga. Lo que deseen. Por su bien.
Y lanzo un mensaje: ganar libertad y perder la fe.
Luego suena el teléfono. No sé quién es cuando lo cojo.
Y después de hablar no sé quién tecleó mi número.
Ni para qué.
Y por fin llega Laura. Guapa y cansada.
Y de camino a casa vamos hablando mientras Tere intenta dormir y no vomitar en el asiento trasero.
…Y todo se reduce a que estamos rodeados de extraños.
Y claro.
A que queremos sentirnos únicos para alguien.
Antes de decidir si ellos también lo serán.
No sé… será eso aliñado con algo de vanidad y egoísmo.
